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"Las Devoradoras de Niños"

Klara Mauerová y Barbora Skrlová: "Las Devoradoras de Niños"

 


“La casa estaba hecha para atraer a los niños y cuando estos se encontraban en su poder, la bruja los mataba y los cocinaba para comérselos. Como Hansel estaba muy delgado, la bruja lo encerró en una jaula y allí lo alimentaba para engordarlo”.
Los hermanos Grimm. “Hansel y Gretel”


Klara Mauerová nació en Kurim (Checoslovaquia) en 1975. Fue una niña desadaptada, cuyos frecuentes arranques místicos la hacían compararse con Juana de Arco y que siempre repetía que estaba destinada a cumplir una misión designada por Dios.



Klara Mauerová



Su hermana menor, Katerina, presentaba una personalidad semejante. Entre las dos fantaseaban constantemente acerca de las grandes cosas que harían cuando llegara el momento.




Con los años, Klara llegó a cursar estudios universitarios, pero nunca pudo liberarse de sus fijaciones pseudoreligiosas. No pasaría mucho tiempo antes de que se independizara de su familia, yéndose a vivir con un hombre con el cual compartió, según sus declaraciones, una tórrida vida sexual. Se embarazó y tuvo dos hijos: Ondrej y Jakub.



Klara con sus hijos


Tras su separación, motivada por el violento carácter que la distinguía, Klara se quedó sola con los niños. Pese a sus excentricidades, era una buena madre; pasaba tiempo con sus hijos, los amaba y velaba por ellos. Sin embargo, la soledad la lastimaba. Klara buscó a su hermana Katerina, quien se mudó con ella y con sus dos sobrinos.




Klara y Katerina conocieron a Barbora Skrlová, de treinta y tres años, quien estudiaba en la universidad. Se trataba de una mujer que padecía una extraña enfermedad glandular: su aspecto era el de una niña de doce años y constantemente se había hecho pasar por menor de edad para escapar de castigos o inclusive de enfrentar acciones legales en su contra. Barbora inclusive había sido adoptada por un matrimonio, que la había tomado por una niña. De carácter violento, Barbora permaneció mucho tiempo en una institución psiquiátrica, de la cual escapó.



Barbora Skrlová



La presencia de Barbora Skrlová cambió muchas cosas. Las psicopatías de Klara y Katerina estallaron gracias al sutil lavado de cerebro que Barbora, con su aspecto infantil, practicó con ellas. Según las declaraciones del psiquiatra Zdenek Basný, que la atendió, los cambios de identidad de la mujer con aspecto de niña se debían a una grave enfermedad mental: “Toda la historia de Barbora Skrlova está rodeada de un enigma en el que ella participa de manera extraña. No existe una clara explicación, pero si debiera dar una hipótesis, diría que se trata de una disociación psíquica grave con perturbación de identidad”.



Por influencia de Barbora, las hermanas se integraron a un culto llamado el Movimiento Grial, que afirmaba tener cientos de seguidores en Inglaterra, así como decenas de miles de personas en todo el mundo. Este movimiento se basaba en escritos realizados entre 1923 y 1938 por el alemán Oskar Ernst Bernhardt, recogidos en el Mensaje del Santo Grial, en los que afirmaba que el hombre puede llegar al Paraíso haciendo cosas buenas en la Tierra.



Pero la realidad era otra. Uno de los preceptos del grupo era que sus integrantes estaban libres de tabúes sociales, como el incesto, la antropofagia o el homicidio. Todos recibían indicaciones de un líder desconocido al que sólo se le conocía como “El Doctor”. Este se comunicaba con sus seguidores solamente a través de mensajes de texto enviados a sus teléfonos celulares. “El Doctor” apoyaba la esclavitud, el maltrato infantil y la promiscuidad sexual, en aras de un supuesto sentido libertario.



Gracias a la influencia de Barbora, Klara se cortó el cabello al rape y se quitó las cejas. Vestía un ropón astroso y dejó de bañarse. Su hermana Katerina apoyaba todo lo que Klara y Barbora disponían. Barbora además experimentaba un doble carácter: por una parte era una mujer adulta y por otro se comportaba como una niña. Tenía celos de la atención que Klara prodigaba a sus dos hijos. Poco a poco, comenzó una sutil campaña contra ellos. Los acusaba de cometer travesuras, de romper cosas, de comportarse mal.



Klara empezó a castigarlos. Sin embargo, la frecuencia de los regaños aumentó tanto que Klara, desesperada por la supuesta mala actitud de sus hijos, le pidió consejo a la misma autora de todo aquello. Barbora, feliz al ser dueña de la situación, le hizo una sugerencia que a Klara y a Katerina les pareció muy natural: había que construir una jaula de hierro para encerrar allí a los dos niños.




La jaula fue encargada a un herrero de la localidad. La colocaron en el sótano de la casa. A través de los barrotes, los niños podrían recibir alimentos, pero también quedarían sin posibilidades de portarse mal. Era 2007. Los niños fueron desnudados y metidos a la jaula. No lo sabían, pero permanecerían allí más de un año.



Klara, Barbora y los niños


Barbora dio nuevas instrucciones que Klara y Katerina siguieron al pie de la letra. Comenzaron a torturar a los niños. Les ponían cigarrillos encendidos en brazos y piernas. Los amarraban y amordazaban cuando había visitas. Los golpeaban. Les daban toques eléctricos a través de los barrotes de su jaula. Los azotaban con cinturones e intentaron ahogarlos. Los mantenían desnudos todo el tiempo. Les lanzaban cubetadas de agua fría para limpiarlos, aunque lo hacían solamente una vez por semana y los niños tenían que dormir en el piso, sin cobijas, junto a su orina y a sus excrementos. A veces no les daban de comer. Si lloraban, los golpeaban a través de los barrotes.



El cuarto de torturas


Un día, Barbora tuvo una idea novedosa. Comenzaron a darle de comer a los niños abundantemente. Subieron de peso. Entonces, Klara tomó un cuchillo afilado, fue a la jaula y le pidió a Ondrej que sacara una pierna. Una vez que lo hizo, Katerina y Barbora sujetaron la extremidad mientras Klara, con el cuchillo, le arrancaba trozos de carne a su hijo. El niño gritaba de dolor y terror, su hermano hacía otro tanto. Una vez que le quitó varios trozos, las tres los comieron delante de él, burlándose de los gritos del niño.



Ondrej


Su otro hijo, Jakub, permaneció en vilo un mes. Sabía que, tarde o temprano, a él le ocurriría lo mismo que a su hermano. Así fue. La siguiente ocasión le tocó a él. Su madre le arrancó pedazos de un brazo. A partir de ese momento, cada mes el sangriento ritual tenía lugar: las mujeres bajaban, Klara le arrancaba pedazos de carne a uno de los niños y luego las tres los devoraban allí mismo.



Jakub


Barbora tuvo una idea para controlar más a los niños, una idea que sería su perdición. Katerina compró en una tienda de aparatos electrónicos una cámara de vigilancia inalámbrica, de las utilizadas para supervisar a los bebés. La instaló en el sótano. A través de ella, podían observar lo que los niños hacían. También veían cuando alguna de ellas bajaba a torturarlos.




Pero algo ocurrió. Un hombre que se mudó con su joven esposa a la casa de junto, instaló una cámara igual para monitorear el cuarto de su bebé. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, en vez de ver el cuarto de su hijo, lo que observó fue el ritual de las tres mujeres, torturando a los niños. Pasaron días hasta que se dio cuenta de que la señal que estaba interceptando provenía de la casa de sus vecinas.



Una de las escenas captadas por la cámara de vigilancia


El hombre grabó un video con las imágenes. Luego avisó a la policía. El 10 de mayo de 2007 los agentes llegaron a la casa y entraron. Klara y Katerina se colocaron ante la puerta que conducía al sótano, tratando de que los agentes no entraran. Los policías las esposaron y se las llevaron a una patrulla. Luego rompieron los candados y entraron. Lo que allí encontraron los llenó de horror.



El arresto de Klara


El hedor a sangre, mugre, orina y excremento era insoportable. El piso estaba pegajoso y en las paredes había manchas de sangre seca. Uno de los niños estaba desmayado; el otro se hallaba en shock. Ambos presentaban heridas terribles, con el cuerpo carcomido y algunas partes casi descarnadas.



Katerina Mauerová


Parada frente a la jaula había una niña; sujetaba un osito de peluche. Al ver a los agentes, corrió a sus brazos. Les dijo que se llamaba Anika, que tenía sólo doce años y que era una hija adoptiva de Klara. Los agentes la sacaron de allí rápidamente. Una vez en la calle, la supuesta niña aprovechó que los policías trataban desesperadamente de abrir la jaula de hierro para escaparse: se trataba de Barbora, quien había recurrido de nueva cuenta a su viejo truco consiguiendo huir.



Katerina y Klara custodiadas por la policía



El caso fue un escándalo. Los niños fueron hospitalizados; uno de ellos finalmente murió. El otro pudo declarar en el juicio contra su madre y su tía, narrando los horrores vividos en aquel sótano durante un año. Las dos mujeres responsabilizaron a Barbora, pero aunque la policía emitió órdenes de captura, no la localizaron.



El padre de los niños


Barbora escapó a Noruega, donde asumió otra falsa identidad: decía llamarse Adam y tener trece años. Un matrimonio noruego la adoptó. La inscribieron en la escuela primaria. Pasó casi un año para que la policía la ubicara. Fue arrestada en Noruega, ante la mirada atónita de sus padres adoptivos, que no comprendían por qué una niña era capturada como un criminal. Cuando les dijeron que no era una niña de trece años, sino una mujer de treinta y seis, el shock fue mayúsculo.



El arresto de Barbora


Barbora fue extraditada a la República Checa donde fue juzgada junto a Klara y Katerina. Su huida y su extraña personalidad inspirarían una película de terror: La huérfana, que se centra en la capacidad de la protagonista para engañar a la gente haciéndose pasar por menor de edad y en sus ataques psicopáticos. Mientras tanto, Klara declaró en el juicio: “Ocurrieron cosas terribles. Ahora me doy cuenta y no puedo entender cómo dejé que pasaran”. El juicio continúa y las tres torturadoras podrían ser condenadas a doce años de prisión.



El juicio

 

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Richard Ramírez: "El Merodeador Nocturno"

Richard Ramírez

 


“Amo toda esa sangre”.
Richard Ramírez


Ricardo Muñoz Ramírez nació el 29 de febrero de 1960 en El Paso, Texas (Estados Unidos). Fue el más pequeño de los cinco hijos de Mercedes Muñoz y Julián Ramírez, dos inmigrantes mexicanos. Con los años, sería más conocido como Richard Ramírez.



Richard Ramírez cuando era niño


Cuando Ramírez tenía dos años, tuvo una contusión en la cabeza después de que un aparador cayó sobre él; recibió más de treinta puntos de sutura. También sufrió de convulsiones y fue diagnosticado con epilepsia cuando tenía seis años. Para combatir su temor y dada su fascinación por la muerte, comenzó a pasar varias noches a solas en los cementerios. Su padre era estricto y no dudaba en golpear a sus hijos o a su mujer cuando lo consideraba necesario.



Su primo Mike, ex combatiente de Vietnam, significó una influencia negativa para Richard Ramírez cuando este apenas tenía nueve años de edad. Mike era un hombre muy violento, que le contaba a su primo sangrientas historias sobre la guerra, en las cuáles narraba con lujo de detalles cómo violaba, torturaba, mutilaba y asesinaba a mujeres vietnamitas y, para demostrarlo, mostraba fotografías Polaroid que retrataban sus crueldades. Según Mike, tomar la vida de aquellas desdichadas era como ser Dios. También gustaba de golpear a su esposa y le encantaba que Richard presenciara esos ataques. La exposición constante a la violencia lo fue insensibilizando. Mike también lo inició en el consumo de marihuana.



Mike terminó asesinando a su esposa delante de Ramírez: durante una discusión doméstica, tomó su escopeta y le disparó al rostro a su esposa, destrozándole la cara y matándola. Fue a la cárcel, pero salió al poco tiempo alegando que estaba drogado. Libre de la esposa, Mike se dedicó a drogarse junto con el pequeño Richard, a quien también le enseñó a aspirar pegamento.



Pronto, los primos salieron a robar juntos para sostener su adicción. Hacían además viajes a pueblos cercanos para matar animales de granja. Richard asistió a clases en la Thomas Jefferson High School en El Paso, Texas, aunque abandonó la escuela antes de completar siquiera un año. Durante este período Richard fue arrestado dos veces por posesión de sustancias ilegales. Mike terminó en prisión nuevamente.



Ramírez estuvo años fumando marihuana, aspirando pegamento y alimentándose de comida chatarra. Debido a su falta de higiene y a la dieta rica en azúcar, sus dientes empezaron a podrirse, lo que causaba que padeciera una terrible halitosis. Luego empezó a usar cocaína diariamente. Tuvo varias detenciones por posesión de drogas y purgó un delito menor por robo de carga. En California fue detenido dos veces por robo de auto.



El primer arresto de Richard Ramírez


Ramírez fue siempre un entusiasta de la banda de rock australiana AC/DC. La canción "Night Prowler", del álbum Carretera al Infierno, se convirtió en un himno para él. Dicho tema describe el miedo de una niña que está en su habitación sola, por la noche; y también la historia de un joven que entra furtivamente al cuarto de su novia cuando los padres de ella no están. Esto le sirvió a Ramírez para desarrollar un sobrenombre que se volvería célebre: "El Merodeador Nocturno" ("Night Stalker").



La ola criminal de Ramírez inició el 28 de junio de 1984. Estuvo consumiendo cocaína y salió de su casa completamente drogado. Puso en el auto su canción favorita. Se detuvo afuera de una casa en la calle Glassell Park, quitó una protección y entró por la ventana. Allí vivía Jennie Vincow, de 79 años de edad, quien dormía en su cama. Fue apuñalada en repetidas ocasiones; su garganta fue cortada tan profundamente que casi quedó decapitada. Ramírez también saqueó su departamento y asaltó sexualmente el cadáver de la anciana.



El 17 de marzo de 1985, Richard Ramírez llegó a la casa que María Hernández, una chica de 22 años, compartía con Dayle Okazaki, de 34 años de edad, en Rosemead. Vestía totalmente de negro y llevaba una gorra de baseball. María Hernández fue agredida en la cochera: Ramírez le disparó en el rostro, pero ella puso sus manos ante su rostro por instinto; la bala rebotó con las llaves que llevaba en las manos y la hirió. Cayó al suelo y fingió estar muerta. Ramírez entró en el condominio; cuando él ya no estuvo a la vista, la chica escapó. Ramírez encontró a Dayle Okasaki; al escuchar el disparo, ella se había ocultado detrás de un sillón, pero su curiosidad pudo más: se asomó, Ramírez la vio y le disparó en a frente, matándola.



Dayle Okasaki


Ramírez salió de allí, perdiendo su gorra en el camino, la cual fue hallada por la policía. Subió a su auto y, presa de un frenesí asesino, se puso a buscar más víctimas. Cuando iba conduciendo vio a Tsia-Lian Yu, una mujer que manejaba un auto. La siguió unos kilómetros y después la obligó a detenerse cerca de Monterey Park utilizando su automóvil. Ramírez se acercó a la ventanilla, ella comenzó a gritar y entonces él le disparó dos veces en el pecho. José Dueñas, un vecino, salió a su balcón del segundo piso de un edificio después de haber oído a una mujer gritando por ayuda. Dueñas fue dentro y llamó a la policía, y luego regresó al balcón. Ramírez ya se estaba marchando.



En ese momento pasó por allí otro conductor, Jorge Gallegos, con su novia. Gallegos vio a Ramírez y observó el número de la matrícula del automóvil. Los dos hombres declararían en el juicio tiempo después. La policía encontró a Yu aún con vida. Aguantó hasta que llegó la ambulancia, pero murió poco después. Tras la autopsia, se determinó que las balas usadas en su contra provenían de la misma pistola que se había utilizado en el otro crimen.



La mañana del 27 de marzo, Ramírez llegó a la casa de Vicente Zazzara, un inmigrante italiano de 64 años, jubilado, que poseía una pizzería. Vivía con su esposa Maxine. Ramírez tocó varias veces la campana de la casa; Vicente no quería abrir, pero su esposa insistió en que lo hiciera. Vicente le hizo caso y Ramírez entró. Le dio un empujón y después le disparó en la sien izquierda, matándolo. Se dirigió a la recámara, encontrando a la aterrada Maxine Zazzara, de 44 años. Le disparó en la cabeza, pero ella quedó aún viva. Mientras agonizaba, Richard Ramírez la desnudó, la colocó en la cama y la violó. Luego fue a buscar un cuchillo a la cocina; regresó a la recámara y la apuñaló varias veces en el cuello, el abdomen, las ingles, los pechos, la vagina y la cara. Trató de cortarle un pecho, pero no lo consiguió. Luego le vació las cuencas, sacándole los ojos. Tras esa insoportable agonía, Maxine finalmente murió. Ramírez la dejó desnuda, boca arriba, sobre la cama. Dejó escrito con sangre en una pared su sobrenombre: “Night Stalker” (“El Merodeador Nocturno”). Luego, Ramírez se dedicó a robar el dinero que pudo encontrar.



Vincent y Maxine Zazzara


El 15 de abril, Ramírez volvió a las andadas. Irrumpió en la casa de William y Lillian Doi, de 66 y 63 años. Ramírez le disparó a William Doi justo encima del labio superior, provocando que la bala entrara a través de la lengua y destrozara la garganta. Después fue a la recámara, donde estaba Lillian Doi. Abofeteó a la mujer que lloraba histérica, mientras le gritaba: "¡Cállate, puta, o te voy a matar!"Se la llevó a recorrer la casa, para que viera a su esposo agonizante y le entregara el dinero y las joyas que tenía. Después la llevó de nuevo a la recámara, donde le arrancó la ropa y la violó, mientras la mujer lloraba. Mientras tanto, William Doi consiguió llamar al 911, aunque no pudo decirles nada. Pero los servicios de emergencia rastrearon la llamada y enviaron enseguida una patrulla y una ambulancia al domicilio. Para entonces, Richard Ramírez se había marchado, dejando viva a la mujer. William Doi murió en la ambulancia. Lillian Doi fue atendida de sus lesiones y pudo darle a la policía una descripción de su atacante.



William Doi


La gente de Los Ángeles se encontraba en un estado de pánico. Los ataques habían desatado la histeria colectiva y todos se encontraban aterrados. Los periódicos ya se referían al asesino como “El Merodeador Nocturno”. El 29 de mayo, Ramírez entró a la casa de dos ancianas: Malvia Keller, de 83 años, y su hermana inválida, Wolfe Blanche, de 80, quienes vivían en la calle Monrovia.



Ramírez las sorprendió durmiendo. Atacó a Malvia con un martillo, golpeándole la cabeza mientras gritaba. Luego también martilleó a Wolfe. Le arrancó el camisón que usaba para dormir y violó a la anciana, quien gritaba aterrada y adolorida. Luego la siguió golpeando con el martillo. Tomó entonces un lápiz labial y dibujo en el muslo de la inválida un pentagrama, una estrella de cinco puntas. Dibujó otro en la pared de la recámara. Después robó algo de dinero y se marchó. Las dos ancianas permanecieron agonizantes dos días en su departamento, hasta que la policía las encontró. Los médicos lograron salvar a Wolfe, pero Malvia murió poco después.



La noche del 30 de mayo, Ruth Wilson, de 41 años, se despertó en medio de la noche por la luz de una linterna que brillaba sobre su rostro. Ramírez había roto el cristal de una ventana de su casa y se había introducido. Le ordenó levantarse e ir a la recámara donde dormía su hijo de 12 años de edad. Ramírez puso el cañón del arma contra la cabeza del niño, advirtiéndole a Ruth que no gritara. Luego esposó al chico y lo metió a un clóset. Suponiendo que era sólo un ladrón, Ruth se ofreció a darle a Ramírez su más valiosa posesión: un collar de oro y diamantes. Luego lo llevó a la cómoda de su dormitorio, donde le dio más joyas y dinero, con la esperanza de aplacarlo.



Una vez que le hubo entregado todo, Ramírez le amarró las manos a la espalda con unas pantimedias. Después la empujó sobre la cama, le quitó la bata y la violó. Ella fingió disfrutar la violación, incluso le dijo a Ramírez que era “muy bueno para su edad”. Esto lo hizo sentirse orgulloso, así que le perdonó la vida, le aflojó las amarras y hasta le dio una bata para que se cubriera antes de liberar a su hijo. Se despidió y se marchó. El niño llamó al 911. Ruth Wilson pudo dar a la policía una descripción muy precisa de su atacante. Gracias a eso, se armó el primer retrato robot.



Retrato robot de “El Merodeador Nocturno”


El 2 de julio, Richard Ramírez entró a la casa de Mary Lousie Cannon, de 75 años, ubicada en Arcadia. La golpeó salvajemente, le cortó el cuello y luego saqueó su casa. El 5 de julio, Ramírez volvió a la calle Arcadia para golpear a Whitney Bennett, una joven de 16 años, con un neumático de hierro. Saqueó su casa, después fue a la cocina, comió algunas cosas que había en el refrigerador y bebió leche. Whitney le siguió rogando en la cocina. Ramírez la golpeó varias veces en la cabeza. Necesitó 478 puntos, pero asombrosamente sobrevivió a sus heridas.



Whitney Bennett


El 7 de julio, Ramírez atacó a golpes con una barra de hierro a Joyce Lucille Nelson, de 61 años, en su casa en Monterey Park. Esa misma noche, también en Monterey Park, Sophie Dickman, de 63 años de edad, enfermera registrada, se despertó a las 03:30 horas a causa de un "hombre alto, flaco, vestido de negro". Estaba apuntándole con un arma. Richard Ramírez le dijo que se dedicaba a meterse a las casas para ver a la gente durmiendo, y que si se despertaban mientras las observaba, entonces las mataba. Le ordenó salir de la cama, la condujo a través de la casa y la hizo que le entregara todo el dinero que había en el lugar. Luego regresaron a la recámara, Ramírez le arrancó la bata, la puso boca abajo en la cama y comenzó a violarla analmente. Ella gritaba por el dolor. Ramírez perdió la erección. Se sintió frustrado y humillado ante ella, así que la golpeó y luego se marchó, dejándola viva.



Joyce Lucille Nelson


El 20 de julio, Ramírez fue a una casa en Glendale. Allí vivían Lela y Maxson "Max" Kneiding, de 66 años. Iba estrenando arma; esta vez llevaba un afilado machete. Aunque todas las puertas y ventanas principales estaban cerradas, el asesino destrozó una puerta trasera muy insegura. Se dirigió a la recámara, encendió las luces y comenzó a dar patadas de la cama mientras le gritaba al matrimonio: "¡Levántense y brillen, perras!"



Maxson Kneilling


Ramírez le dio a Maxson un tajo en el cuello con el machete. Luego quiso hacer lo mismo con Lela, pero el arma se le resbaló y se le cayó. Sacó su pistola calibre .22, les apuntó y jaló el gatillo, pero el arma se había atascado. Mientras Ramírez limpiaba el arma, Lela le rogaba por su vida. Terminó y le disparó en la cabeza. Después remató a Maxson a machetazos y se marchó.



Lela Kneiding


El 6 de agosto, Ramírez se dirigió a Northridge, a la casa de Christopher y Virginia Petersen, de 38 y 27 años de edad, respectivamente. Ramírez irrumpió en la casa a través de una puerta deslizante de cristal, que conducía directamente a la sala de estar. Fue al dormitorio, donde Virginia se despertó a causa de la luz de la linterna que brillaba sobre su rostro. Ramírez avanzó hacia ella con ambas manos sobre el arma. Ella gritó y Ramírez le disparó en el ojo izquierdo. La bala atravesó el paladar, destrozó la garganta y salió por la nuca. 



Christopher se despertó, confundido y adormilado. Vio el rostro sangrante de su esposa y entonces Ramírez le disparó en la sien derecha. Pero la bala rebotó en el cráneo y no llegó a perforarlo. Christopher atacó a Ramírez, quien disparó dos veces más. Falló los dos tiros. Christopher siguió luchando, consiguiendo arrojar a Ramírez al piso. El asesino consiguió liberarse y salió corriendo, huyendo de la casa de la misma manera que había entrado. Asombrosamente, Virginia sobrevivió al brutal ataque, pero quedó muda, ciega de un ojo y con terribles cicatrices.



Christopher Petersen


El 8 de agosto, Ramírez atacó en Diamond Bar. Elyas Abowath, de 35 años, recibió un disparo en la cabeza mientras dormía. Ramírez amenazó entonces a Sakina, la esposa de 29 años. La obligó a que se dejara realizar sexo oral por él. Después la violó analmente y finalizó forzándola a que le practicara sexo oral a él. Al terminar, se marchó sin matarla.



Elyas Abowath


Ramírez decidió abandonar la zona donde cazaba. Tras el ataque al matrimonio Abowath, cambió de zona hacia el norte. El 18 de agosto, un hombre llamado Peter Pan y su esposa Barbara se encontraban en su cama en el Lago Merced, en San Francisco. Peter Pan, tenía 66 años de edad y era contador. Su esposa tenía 64.



Ramírez se introdujo a través de una ventana abierta que no tenía protección. Ejecutó a Peter de un disparo en la cabeza. Luego violó a Bárbara Pan y le disparó en la columna vertebral. Sobrevivió, pero quedó inválida. Ramírez tomó un lápiz de labios y dibujó en una pared un pentagrama, así como una frase de una canción del grupo de rock Judas Priest.



La búsqueda del asesino


El terror se apoderó de San Francisco cuando la policía determinó que la bala que había matado a Peter Pan había sido disparada por “El Merodeador Nocturno”. Para calmar los temores, la alcaldesa Dianne Feinstein habló públicamente acerca de la búsqueda del asesino, pero cometió el error de proporcionar detalles que la policía había pedido mantener bajo confidencialidad, pistas que podían conducirlos a atrapar al criminal.



Una de esas pistas eran las huellas de las botas que Ramírez utilizaba, de las cuales sólo habían entrado a Estados Unidos algunos pares. Cuando Ramírez escuchó a la alcaldesa declarar que tenían huellas de sus botas, se dirigió al puente Golden Gate y arrojó su calzado a un río.



Pero la policía de San Francisco tenía una pista. El dueño del Hotel Bristol afirmó que un joven que encajaba con la descripción de “El Merodeador Nocturno” se había hospedado en su hotel durante el último año y medio. El gerente recordó que el hombre tenía los dientes podridos y olía mal. La policía revisó la habitación donde el sospechoso había dormido y encontraron un pentagrama dibujado en la puerta del baño.



La policía también localizó a un vendedor, quien dijo que había comprado algunas joyas, un anillo de diamantes y un par de gemelos, de un joven que encajaba con la descripción. Las joyas habían pertenecido a Barbara y Peter Pan.



El 24 de agosto, Stalker atacó a otra pareja, esta vez en Mission Viejo, cincuenta millas al sur de Los Ángeles. William Carns, de 29 años, acaba de irse a dormir con su novia. Ramírez se introdujo a la recámara y le disparó a William, hriéndolo gravemente. Su novia despertó y Ramírez la tomó del cabello, arrastrándola al suelo. Le ató las muñecas y los tobillos con unas corbatas. Ramírez le preguntó si sabía quién era él; la chica respondió que “El Merodeador Nocturno”, con lo cual quedó muy satisfecho. Buscó dinero y joyas en la casa, pero casi no encontró nada. Esto lo molestó. Regresó donde estaba la chica, la desnudó y comenzó a violarla. Tras penetrarla vaginalmente, también la violó analmente.



Para liberarse del ataque y del dolor, la mujer le dijo que ella sabía dónde había algo de dinero guardado. "¡Júralo por Satanás!", le exigió Ramírez. Ella juró por Satanás que estaba diciendo la verdad. Ramírez dejó de penetrarla, encontró el dinero, y le exigió a la chica: "¡Jura tu amor por Satán!""Me encanta Satanás", murmuró ella. Ramírez la arrastró otra vez por los cabellos, la hincó frente a él y la obligó a practicarle sexo oral. Tras la felación, volvió a violarla. Al terminar le apuntó con la pistola, ante lo cual la chica gritó y cerró los ojos. Ramírez se rió de ella, guardó el arma y se marchó. Sus huellas dactilares quedaron por todas partes. La joven llamó al 911.



Mientras Ramírez se iba, un adolescente que había estado trabajando en su motocicleta en el garaje de sus padres, vio el automóvil Toyota color naranja del asesino circulando por su vecindario. Le pareció sospechoso, por lo que anotó el número de matrícula. A la mañana siguiente, llamó a la policía y los alertó sobre el automóvil. Con el número de placa, la policía pudo determinar que el vehículo había sido robado en Chinatown, en Los Ángeles, mientras el propietario cenaba en un restaurante. Se puso un aviso sobre el coche y dos días más tarde lo localizaron estacionado afuera de un McDonald’s.



El auto de Richard Ramírez


La policía mantuvo bajo vigilancia el automóvil durante casi 24 horas, con la esperanza de que el ladrón apareciera, pero no fue así. Un equipo forense revisó el auto y encontró huellas digitales que se enviaron a Sacramento para su análisis. Horas más tarde, el equipo determinó que la huella pertenecía a “El Merodeador Nocturno”.



La policía hizo una búsqueda exhaustiva en un banco de datos de huellas digitales y finalmente la suerte les sonrió. Descubrieron que la huella pertenecía a Richard Ramírez. De inmediato informaron a todos los medios de comunicación. Todos los periódicos de Los Ángeles publicaron la fotografía de Ramírez en la primera plana.



El 31 de agosto, Richard Ramírez regresó a Los Ángeles en un autobús Greyhound, después de visitar a su hermano en su casa de Tucson, Arizona. No tenía idea de que ya lo habían identificado, ni de que su fotografía seguía apareciendo en la primera plana de los diarios. Al llegar a la estación, vio que el área estaba llena de policías, pero logró salir inadvertido. Caminó tranquilamente hasta una tienda de la esquina. Mientras estaba allí parado, los propietarios vieron su rostro y comenzaron a gritar: “¡Es el asesino! ¡Es el asesino!” Ramírez salió de allí, desconcertado, y se encontró de frente con un puesto de periódicos donde estaban los diarios con su fotografía en primera plana.



Aterrado, Ramírez comenzó a correr con un ejemplar del periódico La opinión en la mano. No se detuvo durante cuatro kilómetros, lo que recorrió en doce minutos. Mientras corría, la gente lo miraba, lo señalaba y gritaban: “¡Es él! ¡Es ‘El Merodeador Nocturno’!” Ramírez se dirigió corriendo al centro de Los Ángeles. Intentó robar un auto, pero la gente se lo impidió.



La captura de Richard Ramírez


Saltó varias vallas buscando un automóvil que pudiera robar con facilidad. Vio un Mustang, que pertenecía a un hombre llamado Faustino Pinon. Estaba debajo del auto, revisando el coche. Ramírez se subió al auto e intentó arrancarlo, pero no pudo. Pinon salió de abajo del vehículo y lo agarró de la camiseta, a través de la ventanilla. Ramírez sacó su pistola, pero Pinon se la quitó de un manotazo. Ramírez consiguió arrancar el auto, Pinon no lo soltó y el coche fue a estrellarse contra una barda y después contra un garaje. Pinon sacó a Ramírez del auto, lucharon en el piso, Ramírez se liberó y salió corriendo otra vez.



Se topó con un Ford Granada conducido por Angelina Torres, una mujer de 28 años. Ramírez se metió por la ventanilla y la amenazó con matarla si no le dejaba el vehículo. Angelina gritó, su esposo Manuel Torres escuchó los gritos y corrió desde el jardín trasero a auxiliarla. Tomó un trozo de metal para atacar a Ramírez. Otro vecino, José Burgoin, llamó a la policía. Junto con sus hijos Jaime y Julio, corrió para ayudar a Angelina.



Jaime reconoció a Ramírez. Gritó que se trataba de “El Merodeador Nocturno”. La gente empezó a perseguirlo. Manuel Torres lo golpeó con el tubo de metal en el cuello. Entre todos lo agarraron y empezaron a golpearlo. Ramírez trató de defenderse, pero los vecinos lo superaban en número. Le dieron una golpiza y después lo mantuvieron inmovilizado, hasta que llegó la policía.



Tras su detención, Ramírez fue acusado de catorce homicidios y otros treinta y un delitos graves. La selección del jurado para el caso se inició el 22 de julio de 1988.



La ficha de arresto de Richard Ramírez


El juicio de Richard Ramírez fue uno de los procesos penales más difíciles y más largos en la historia estadounidense.



Los titulares tras el arresto


Se entrevistó a cerca de 1,600 posibles jurados. Más de cien testigos declararon. La defensa de Ramírez alegó que estaba bajo el influjo de las drogas cuando cometió los crímenes, y después intentaron que se considerara a Ramírez mentalmente perturbado.



El juicio de Richard Ramírez




Ramírez se pavoneaba en el Tribunal. Lanzaba frases despectivas hacia los testigos, hacia el Jurado, hacia el Juez. Coqueteaba con las mujeres, quienes, le devolvían siempre la sonrisa.



Ramírez, el coqueto





Los fotógrafos imprimían imágenes suyas todo el tiempo. A Ramírez le encantaba que le tomaran fotos y siempre posaba para los medios.







Un día le mostró a todos un pentagrama que se había marcado en la palma de la mano izquierda. Siempre se despedía diciendo: “¡Viva Satán!”



El desafiante Richard Ramírez






El 3 de agosto, se reveló que algunos empleados de la cárcel iban a proporcionarle a Ramírez una pistola para que asesinara al Fiscal en una de las sesiones del juicio. A raíz de eso, se instalaron detectores de metal en las entradas.




El 14 de agosto, el juicio se interrumpió porque una de los miembros del jurado, Phyllis Singletary, no llegó a la sala de audiencias. Ese mismo día fue encontrada muerta a tiros en su departamento.



El Jurado estaba aterrado, preguntaron si Ramírez había ordenado el asesinato desde el interior de su celda, y si los otros miembros del jurado estaban en peligro.



Richard Ramírez gozaba al saber que causaba ese temor supersticioso en los jurados. Se pavoneaba diciendo que era el líder de un grupo de sicarios, que ejecutarían a todos los que se metieran con él.



Pero Ramírez no era el responsable de la muerte de Singletary, sino su novio, quien luego se suicidó con la misma arma en un hotel.




El 20 de septiembre de 1989, Ramírez fue declarado culpable de trece cargos de asesinato, cinco intentos de asesinato, once agresiones sexuales y catorce robos. El 7 de noviembre fue condenado a muerte; sería ejecutado en la cámara de gas.



Al escuchar la sentencia, Ramírez sonrió y respondió al Jurado: “Gran cosa. La muerte forma parte de mi territorio. ¡Los veré en Disneylandia!”





Richard Ramírez fue enviado al Pasillo de la Muerte en la prisión de San Quintin, en California, una de las cárceles más temidas.



La prisión de San Quintin


Apelaciones tras apelaciones sirvieron para retrasar su ejecución por más de veinte años. La opinión pública exigía que fuera ejecutado, pero sus abogados conseguían que todo se aplazara indefinidamente.



Tras el juicio, Ramírez recibió docenas de cartas de fans, casi en su totalidad mujeres que le manifestaban su amor y su deseo. Otras eran de chicos que le expresaban su admiración y le pedían consejos.



Cartas de fans




Una de sus seguidoras, Doreen Lioy, intercambió con Ramírez casi un centenar de misivas. En 1988, él le propuso que se casaran y ella aceptó. Contrajeron matrimonio el 3 de octubre de 1996.



Doreen Lioy tras su boda con Richard Ramírez




El 7 de agosto de 2006, la Corte Suprema de California confirmó la sentencia de muerte. Y el 7 de septiembre, le negaron la solicitud de una nueva audiencia.





Ramírez impactó a los medios con su salvajismo, su locura y su sordidez. Se rodaron películas, se hicieron camisetas, se llegó al grado de permitirle tener papel membretado con su sobrenombre mortal, para que enviara su correspondencia personal.



El membrete de “El Merodeador Nocturno”


Richard Ramírez inspiró la canción y el opresivo video clip de Tricky, “Hell is around the corner”. La banda de rock AC / DC tuvo demandas por parte de familiares de las víctimas, que absurdamente los responsabilizaban de la conducta de Ramírez, quien mientras se dedicó a diseñar camisetas para grupos de rock pesado, y a prestar su imagen para publicidad de conciertos de rock. Además, logró establecer contacto con sus fans a través de Internet. Podía escribírsele a la prisión, gracias al website de la cárcel. Ramírez se definía a sí mismo como un hombre que hacía ejercicio diariamente, cuidaba su cuerpo y su mente, gustaba de la naturaleza, buscaba amistad y era un artista serio que además necesitaba un corredor que lo representase.



Camiseta diseñada por Ramírez



Richard Ramírez, “El Merodeador Nocturno” murió en la prisión de San Quentin el 8 de junio de 2013, a los 53 años de edad, por causas no especificadas. Había evadido, así, la ejecución que pendía sobre su cabeza.

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"Los Niños Asesinos de Liverpool"

Robert Thompson y Jon Venables: "Los Niños Asesinos de Liverpool"

 


“¿Quién puede matar a un niño?”
Narciso Ibáñez Serrador


Nacidos en Liverpool, Gran Bretaña, en 1983, los niños Robert Thompson y Jon Venables tenían diez años de edad y un historial problemático en la escuela. Provenían además de familias disfuncionales. Eran chicos que siempre reprobaban en el colegio, con dramas de alcoholismo, violencia familiar y divorcios en sus casas. Robert Thompson era un niño que había aprendido a desconectarse emocionalmente por los traumas que había sufrido desde pequeño, sobre todo el abandono de su padre, que les dejó cuando tenía seis años, y la violencia que había visto en casa antes y después de eso.



Robert Thompson en la escuela


Los paralelismos con Jon Venables resultaban evidentes: ambos tenían problemas en su casa, un entorno violento donde se abusaba del alcohol, graves conflictos entre sus padres, hermanos con dificultades de aprendizaje y, además, sufrían el acoso de sus compañeros. Por eso se hicieron tan amigos. Unos días antes, habían visto juntos la tercera película de Chucky, el Muñeco Diabólico. Esa cinta, según declararían meses después, los inspiró para cometer la acción que emprenderían poco después.



El 12 de febrero de 1993, Robert Thompson y Jon Venables faltaron a la escuela. Días antes habían intentado robarse a un niño, pero la madre había regresado pronto y no lo habían conseguido. Ese día lo intentarían de nuevo. Habían estado dando vueltas por los alrededores del Centro Comercial Strand, de Bootle, Merseyside (Liverpool), en Inglaterra. 



La entrada al Centro Comercial Strand



El interior del shopping mall


Tiempo después, una anciana recordó que ese día los chicos se burlaron de ella por caminar encorvada. Una empleada afirmó que los echó de la oficina hipotecaria donde trabajaba, después de que entraran gritando y revolvieran los folletos de información. Uno de ellos fue visto también en la librería del centro comercial, hojeando un cómic; cuando la dependienta le preguntó si quería algo,"tiró el cómic y salió huyendo".



Jon Venables y Robert Thompson al acecho, momentos antes del secuestro


Mientras tanto, Denise Bulger y su hijo de dos años, James Patrick Bulger (nacido el 16 de marzo de 1990), estaban haciendo compras. Para las 15:37 horas, el pequeño James y su madre entraban en una carnicería. Las cámaras de vigilancia del centro comercial registraban todo, paso a paso, con la hora sobrepuesta a las imágenes. Una documentación en video del itinerario fatal de esa mañana invernal.



James Bulger, la víctima


Cerca de allí, los dos niños vigilaban. A las 15:38, el pequeño estaba junto a la puerta de la tienda, esperando a que su madre terminara. A las 15:39, cuando Thompson y Venables le tendieron la mano, el niño, curioso y de naturaleza jovial, no lo pensó dos veces. A las 15:40, Denise salía de la tienda y buscaba a James. A las 15:41, James reaparecía en otra cámara: caminaba por la galería principal del centro en compañía de dos niños mayores que él. A las 15:42, James se acercaba a la puerta del recinto, dando la mano a uno de sus acompañantes. A las 15:43, el trío abandonaba el centro. Esa fue la última imagen de James Bulger con vida. La madre lanzó la alarma de inmediato, pero ya era tarde: James se había alejado con sus asesinos por una salida secundaria, como mostraron luego las cámaras del circuito cerrado de televisión.



La imagen que dio la vuelta al mundo: el instante del secuestro


Las últimas horas de James Bulger consistieron en una larga y terrorífica caminata desde el Centro Comercial hasta un descampado junto a una vía férrea, cerca de un río. En el trayecto, treinta y ocho testigos los vieron pasar. Fueron cuatro kilómetros de marcha agotadora, durante los cuales James Bulger lloró casi ininterrumpidamente. Varios testigos recordaban a James lloroso y con magulladuras en la cara.



Una mujer dijo haber visto cómo los otros dos niños cogían a James de las manos, uno a cada lado, y lo balanceaban hacia delante y detrás "subiéndole hasta la altura de sus cabezas". El niño parecía muy asustado, explicaría tiempo después.



Otro testigo dijo haber visto cómo los acusados "cogían al más pequeño por los brazos y le arrastraban""Me pareció que el más pequeño quería huir", señaló. Treinta y ocho testigos admitieron ver a los chicos maltratando a James Bulger durante el trayecto que hicieron, pero ninguno intervino ni lo defendió.



Eso apenas fue el comienzo de una larga agonía. Cuando llegaron a una vía férrea del paraje de Walton, Robert Thompson y Jon Venables no mostraron piedad alguna. Primero lo pintaron de verde. Luego le arrojaron ladrillos encima al pequeño y lo golpearon repetidas veces con una barra de metal. Thompson le dio una patada tan fuerte en la cara que le dejó la huella marcada en la piel. Le rompieron las manos y los dedos pisoteándoselos. De allí le quitaron los pantalones y los pañales y lo torturaron con baterías eléctricas, mismas que terminaron introduciéndole por el recto como parte del abuso sexual que cometieron con él. Se pararon luego sobre el niño y le brincaron encima de su estómago y pecho. Después lo patearon en el vientre hasta reventarlo. Ya muerto, colocaron el cadáver sobre las vías férreas, para que el tren lo destrozara y simular un accidente. Se alejaron riendo y burlándose de algunos detalles, de regreso a sus respectivas casas.



Los escenarios del crimen




Mapa del área


El secuestro desató una cacería humana sin precedentes: Scotland Yard movilizó a cientos de agentes por toda Gran Bretaña. El cadáver del niño fue hallado el 16 de febrero, tras cuatro días de búsqueda nacional: el tren lo había cortado en dos.



El hallazgo del cadáver


Los investigadores examinaron las cintas de los videos de seguridad una y otra vez antes de darse cuenta de lo que había ocurrido en realidad y lo que observaron los dejó atónitos: James había sido sacado por otros dos niños. Al principio se pensó que se trataba de dos chicos enviados por el verdadero secuestrador, pero la realidad de lo ocurrido horrorizó a la opinión pública.



Cartel pidiendo información sobre los asesinos


Robert Thompson y Jon Venables fueron arrestados en una movilización policíaca digna de una película de acción. Por decisión expresa del gobierno, fueron juzgados como adultos; los ingleses deseaban darle una lección al mundo.



Robert Thompson y Jon Venables tras su arresto



Durante el juicio, los dos acusados asistieron impasibles a la reconstrucción efectuada por el fiscal en los juzgados de Preston, a unos treinta kilómetros del solar donde James fue muerto a golpes y pedradas. El jurado examinó las imágenes grabadas por la cámara de seguridad del Centro Comercial Strand, donde los dos acusados secuestraron al pequeño. Con la hora sobreimpresa en las imágenes, resultó sencillo ordenar la secuencia de los hechos.



En el juicio, los niños asesinos nunca tuvieron la menor oportunidad de defenderse: la prensa y la opinión pública siempre los trató como adultos. Jon Venables aprendió a desconectarse de lo que se decía en la sala, para concentrarse en sus zapatos o en jugar con las manos. El juicio se convirtió en un acto de histeria colectiva donde la gran perdedora fue la infancia británica.



El juicio de Robert Thompson y Jon Venables


Venables y Thompson jamás fueron vistos como si fueran niños durante el juicio pero los demás chicos británicos perdieron su libertad, su derecho a hacer mandados, a jugar a la pelota en su barrio con sus amigos o simplemente andar en bicicleta en la vereda, su derecho a la infancia. La filosofía de que los niños no estaban seguros en ninguna parte se impuso. No se podía dejar a los hijos con nadie a cargo: miles de mujeres abandonaron sus empleos para ocuparse solamente de sus chicos ante el síndrome y el miedo al secuestro. Nada volvió a ser como antes.




Varios psicólogos de la defensa sostuvieron que los asesinos pensaban que sólo era un juego. Pero ese argumento no sirvió de nada: al final, fueron condenados a cadena perpetua. Los tabloides británicos glorificaron la condena a perpetuidad. A los jueces británicos les bastó que los chicos diferenciaran "el Bien del Mal" para aplicarles la condena. La máxima concesión que los acusados recibieron fue que sus nombres no se conocieran, pero los tabloides violaron las reglas. 



Los titulares sobre el crimen y el juicio


Jon Venables y Robert Thompson pasaron ocho años y cuatro meses en prisión. Aunque en prisión estuvieron separados, las vidas de Jon Venables y Robert Thompson no fueron muy diferentes. Ambos estuvieron rodeados de fortísimas medidas de seguridad y de una legión de especialistas. El gobierno británico gastó en su rehabilitación tres millones de libras esterlinas (cuatro millones de dólares). A pesar de que los niños se pasaron durante años la pelota de la responsabilidad por la muerte de Bulger, ambos terminaron por asumir su culpabilidad. Su horario en prisión, sin embargo, no era tan estricto: entre semana, se levantaban a las 7:00. A las 9:15 horas comenzaba su jornada educativa, hasta las 15:15 horas. Por la tarde permanecían encerrados en su celda hasta que, a las 22:00 horas, las luces se apagaban. Los fines de semana tenían permiso para quedarse en cama hasta las 11:00 horas. En sus cumpleaños, recibían diez libras. Incluso, Venables y Thompson realizaron varias salidas supervisadas al exterior, muchas de ellas al teatro.



El funeral de James Bulger


A quien más le costó adaptarse a la vida en la cárcel fue a Jon Venables, quien en prisión siguió evadiéndose de la realidad. Pero en noviembre de 1997, la psiquiatra Susan Bailey informaba que lo había asumido todo. En prisión, Venables estudió duro, terminó la escuela primaria y varias asignaturas de la secundaria. Sus educadores afirmaron que podría ir a la universidad. Durante su largo proceso de recuperación, el niño de los dientes separados contó siempre con el apoyo de su madre. Todos los fines de semana recibió la visita de su progenitora, Susan, y de su padrastro, Neil.



Jon Venables: el inadaptado


Robert Thompson, a quien le costó trabajo superar el bachillerato elemental, se reveló como un artista. Al poco de ingresar en prisión, le hizo a su madre una mesa de café. Luego diseñó un vestido de novia que él mismo realizó con la ayuda de una aguja y un dedal. Sus dotes artísticas se pueden apreciar en la sala de visitas de la prisión, donde hay colgados varios de sus cuadros.



Otro escándalo ocurrió cuando, en el juego electrónico basado en la serie de televisión La Ley y el Orden, se incluyó la imagen del secuestro en uno de los escenarios. La madre del pequeño James protestó públicamente por este hecho y la imagen fue retirada.



El videojuego: la imagen del secuestro se nota al fondo


En 2001, una comisión independiente dirigida por el Ministerio del Interior decidió, tras cuatro días de debate, que los dos muchachos estaban rehabilitados. El Ministro del Interior, David Blunkett, comunicó la decisión de la Comisión, presidida por un juez de la Alta Corte, con una respuesta escrita a una interrogación parlamentaria. Subrayó que "nadie podrá jamás olvidar el caso de James y el dolor de su familia. El asesinato del niño James Bulger fue un suceso terrible para su familia y para toda la nación, pero no sería de interés público perseguir a los responsables ahora que la junta de libertad bajo palabra ha decidido que ya no es necesario para la seguridad del público que estén confinados", afirmó.



Las protestas por la liberación de los homicidas


Pero en Gran Bretaña, donde nadie pudo olvidar la historia de la sádica ejecución del pequeño James Bulger, la noticia provocó furia. La ferocidad de la acción de los niños homicidas asombró al mundo. Cuando se enteraron de la decisión de liberarlos, la madre y el padre del pequeño James, ya divorciados, se dijeron"profundamente doloridos y conmocionados" por la decisión. "Estoy disgustada, tanto por el Gobierno como por la Comisión", subrayó la madre, Denise. "La vida de mi hijo fue robada de una manera inimaginable. Ahora tengo miedo. No me atrevo a mandar a mi hijo a la escuela. ¿Quién me puede asegurar que estos dos no estén al acecho?", se preguntó.



Denise Bulger tras la noticia de la liberación de los asesinos de su hijo


Por eso, la justicia estimó que los asesinos no podían pisar la calle con su verdadera identidad. Como espías, fueron entonces instruidos en el arte del engaño. Los más astutos cerebros del Ministerio de Interior se afanaron en darles nombres y apellidos falsos, un pasado falso, una historia falsa. Así lo ordenó la jueza Elisabeth Butler-Sloss, quien aseguró: “Existe la posibilidad real de que encuentren la muerte a manos de miembros de la familia Bulger o de individuos vengativos”. Esto a raíz de la amenaza lanzada por el padre de James, Ralph Bulger: “No pararé hasta dar con ellos”. Nadie, excepto un círculo pequeño, sabe qué caras tienen en este momento. Ni siquiera si son gordos o flacos, altos o bajos. El fallo judicial prohíbe que se difunda cualquier detalle sobre ellos.



Ralph Bulger: el padre sediento de venganza


Venables y Thompson recibieron una nueva identidad y una casa segura: una operación que le costó al gobierno británico más de cuatro millones de euros. La justicia británica ordenó que las nuevas identidades de los asesinos nunca sean publicadas. No podrán estar en contacto entre sí, ni con la familia de su víctima, y tienen prohibido acercarse a Meyerside, su localidad natal y donde cometieron el crimen.



Supuesto retrato de Robert Thompson en su nueva identidad de "Sean Walsh"



Pero los especialistas descreen de la posibilidad de una "nueva vida" para los asesinos. Sostienen que la avidez de los medios y el repudio de la sociedad harán que tarde o temprano se los encuentre. Poco después de su reubicación, salieron a la circulación dos versiones con supuestas fotografías recientes de Robert Thompson, lo que desató en el gobierno el temor de que su identidad pueda llegar a conocerse.



Supuesto retrato de Robert Thompson en su nueva identidad de "Arthur"



Según Harry Fletcher, presidente de la Asociación de Funcionarios Supervisores de Presos en Libertad Provisional, las posibilidades de que algún día se conozca la verdadera identidad de los dos homicidas es muy alta. "¿Qué pasa si comienzan una relación con una chica? ¿Qué pasa si alguno de los dos es detenido por la policía, o queda ingresado en un hospital, y la policía comprueba sus antecedentes?", se preguntó. "Habrá un número importante de gente que sepa sus identidades reales, y casi con toda seguridad se filtrarán", afirmó.



¿Dónde comenzaron su nueva vida? En un primer momento, las autoridades pensaron trasladarlos al extranjero. Australia, Canadá, Nueva Zelanda... pero estos países se negaron a recibir a los famosos asesinos. Además, fuera del Reino Unido, era mucho más difícil monitorear a los jóvenes criminales. Porque aún en libertad, la policía decidió seguirlos de cerca para asegurarse de que su proceso de rehabilitación no se tuerza, pero también para protegerlos del peligro de que alguien averigüe su identidad y decida hacer justicia por mano propia. Todas las habitaciones de las casas de Thompson y Venables cuentan con alarmas conectadas con la policía, que acudirá ante cualquier emergencia.



Las vidas de Venables y Thompson recomenzaron en alguna ciudad del norte de Inglaterra, donde su acento de Liverpool pasaría desapercibido. Viven en un centro urbano por aquello del anonimato de las ciudades y, por supuesto, ambos tienen sus domicilios en localidades diferentes. Dada la combinación fatal que forman, nunca, jamás, podrán encontrarse. De hecho, hace ya ocho largos años que no se ven las caras. La última vez fue el 24 de noviembre de 1993. Tenían once años y estaban sentados en el banquillo de los acusados, escuchando la sentencia.



Denise y Ralph Bulger, los padres del pequeño James, tras el asesinato de su hijo



Para evitar riesgos, los miembros del Ministerio del Interior británico procuran que su nueva historia familiar sea lo más parecida posible a la auténtica. ¿Cómo saldrán del paso si, después de decir que han estudiado en tal o cual colegio, alguien les dice que no los recuerda? La idea preocupa a los asesinos. Susan, la madre de Jon Venables, fue una de las primeras en ensayar la "vida de mentira". Por seguridad, adoptó un nombre falso y dejó atrás Merseyside, donde era conocida como “la madre del monstruo”. La madre de Robert Thompson, Ann, quien tiene otros siete hijos, también cambió de nombre y se mudó varias veces para evitar la ira de los vecinos.



Otro problema es la prensa. Los tabloides británicos y la prensa sensacionalista están al acecho y la prohibición de publicar detalles que puedan desenmascararlos sólo rige en Inglaterra y Gales. La madre del pequeño James Bulger, Denise, sedienta de venganza, recordó que la difusión en Internet de detalles e incluso fotos de los asesinos sería legal.



Los titulares sobre la liberación de los niños asesinos



“Cada minuto que pase, deberán vigilar sus espaldas. Aunque se vayan a vivir en el fin del mundo, nunca podrán estar tranquilos”, declaró. También ha predicho que algún día alguien los matará y que ella apoyará a sus asesinos en caso de que se celebre un juicio", declaró Denise Bulger. En una entrevista que publicó el Daily Mail, Denise (ahora apellidada Fergus) comenta: “No hablo de la pena de muerte, pero creo que van a morir porque hay personas que van a matarlos”. La madre de James Bulger, que se declara todavía “llena de odio, ira y miedo” años después de la muerte de su hijo, cree que Jon Venables y Robert Thompson acabarán por ser encontrados a pesar de la nueva identidad de la que disponen y de la protección de su anonimato. “Y si alguien los mata, yo estaré a su lado en el tribunal para decir: ‘El responsable es el Gobierno porque sólo apoya a los asesinos’. Un día, una pistola apuntará hacia ellos, aunque no sea yo quien la sostenga”. Ya no son Jon Venables y Robert Thompson, pero, en el fondo, siguen siendo y serán por siempre los asesinos de James Bulger.



La indignada madre de James


El 3 de marzo de 2010, Jon Venables, ya de veintisiete años, fue encarcelado de nuevo. El Ministro del Interior, Alan Johnson, manifestó que no podía dar detalles de los motivos que condujeron al nuevo encarcelamiento de Venables. "Ustedes saben que no puedo hacer nada más que confirmar el hecho de que Jon Venables está preso de nuevo. He hablado hoy con (el Ministro de Justicia) Jack Straw y por supuesto entendemos que el público quiere saber más sobre este asunto", declaró Johnson.



Los titulares sobre el regreso de Jon Venables a prisión (click en las imágenes para ampliar)



Una portavoz del Ministerio de Justicia dijo que "los delincuentes en libertad condicional están sujetos a condiciones estrictas que si son vulneradas implican un inmediata revisión". La portavoz explicó también que "hay un mandamiento judicial internacional que prohíbe publicar cualquier información, incluso a través de Internet, que pueda identificarles o localizarles".




Con los días, trascendió la causa del nuevo arresto: Jon Venables se había dedicado a consumir alcohol y drogas, a poner en riesgo su identidad e inclusive a revelarla, y lo más grave: coleccionaba pornografía infantil. Su computadora estaba llena de este tipo de materiales. Denise Fergus, madre de James Bulger, declaró tras conocer la noticia del encarcelamiento que Venables "ha vuelto al lugar en el que debería estar: entre rejas".

 

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Richard Chase: "El Vampiro de Sacramento"

Richard Chase: "El Vampiro de Sacramento"

 


“Hay veces que la sangre se me vuelve cristal;
se han derramado gotas y con ellas he formado este collar…”

Puerto México. “Collar”


Richard Trenton Chase nace el 23 de mayo de 1950 en Sacramento, California (Estados Unidos). Desde muy joven, es conocido por su conducta psicótica con rasgos de apatía y constante agresividad. Sufre enuresis hasta los ocho años, y mojar la cama es algo que le causa constante vergüenza, pero que no puede controlar. Desde los doce años, Chase sufre las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico, no escatima insultos y violencia contra su esposa, quien lo acusa de querer envenenarla y de ser un drogadicto además de un borracho. Diez años duran las peleas. Este escenario termina en divorcio y su padre vuelve a casarse poco después, pero para entonces, toda la situación de violencia ha marcado profundamente la psique del chico. Su único desahogo es escribir un diario, que llevará por años. A duras penas, concluye sus estudios de secundaria. Su coeficiente de inteligencia, pese a todo, es normal: 95 puntos. Intenta relacionarse con chicas y tiene un par de novias, pero es impotente y nunca consigue una erección. Su autoestima se devalúa cada vez más. En 1965, Chase bebe en exceso y consume marihuana y LSD. Es detenido por posesión de marihuana y condenado a realizar labores de limpieza a favor de la comunidad.



Mapa de Sacramento


Para 1969, Richard Chase consigue un empleo en el cual dura algunos meses. Después de que lo despiden, sólo encuentra trabajos de un par de días. Consigue ingresar a la Universidad, pero no puede concentrarse en los estudios ni soportar la presión social de la vida universitaria, y abandona la carrera casi enseguida. A los veintiún años, Chase se va de casa para compartir piso con unos amigos. Allí, continuamente drogado, su estado mental se deteriora aceleradamente: empieza a obsesionarse con la idea de que una organización criminal trata de acabar con él. Para protegerse, clava con tablas la puerta de su habitación, entrando y saliendo de ella por un pequeño agujero que hace en el fondo de un armario de pared. Duerme poco y mal, vigilando constantemente para que no lo atrapen los sicarios cuando por fin lleguen. En su diario escribe:

“A veces oigo voces por teléfono. Ignoro qué voces. Amenazas. Suena el teléfono y alguien me dice cosas extrañas: que mi madre me envenena poco a poco y que me voy a morir. Me siento observado. Sé que alguien me vigila…”



Para 1972, es arrestado por conducir ebrio. Se asusta tanto que deja de beber: nunca vuelve a probar el alcohol. Un año después, en 1973, durante una fiesta, Chase intenta tocarle los pechos a una chica que no se lo permite. Se inicia una gresca y Chase saca un arma, una pistola calibre .22. Los demás invitados lo reducen hasta que llega la policía. Una fianza de $50.00 dólares le permite salir en libertad. Incapaz de tener trabajo, sus padres lo mantienen económicamente y vive a veces en casa de uno y a veces en casa del otro. Poco tiempo después, Chase se afeita la cabeza y acude asustado al médico, alegando que su cráneo se está deformando poco a poco y los huesos le agujerean la piel. También dice sentir que se muere porque alguien le ha extraído la arteria pulmonar, y nota que su sangre no puede circular. Para aliviarlo, se inyecta sangre de conejo en las venas. Chase es internado en un hospital psiquiátrico, saliendo al poco tiempo, pese a la opinión de algunos médicos que lo consideran peligroso. Una vez libre, deja de tomar la medicación y su conducta comienza a empeorar. Chase se convence de que su sangre se está convirtiendo en polvo y que necesita sangre fresca para sobrevivir. Nuevamente se inyecta y bebe sangre de conejo, tragándose además las vísceras de los animales. Al poco tiempo cae enfermo y los médicos, tras percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internan de nuevo, diagnosticándole esquizofrenia paranoide. De nuevo en el manicomio, Chase emula al personaje de Renfield que aparece en la novela Drácula, de Bram Stoker, y se dedica a cazar pájaros, a los cuáles les arranca la cabeza a mordidas para beber su sangre. En su diario comenta sus acciones meticulosamente, habla sobre la forma en que mata animales pequeños y describe el sabor de la sangre. También menciona:

“Mi sangre está envenenada y un ácido me corroe el hígado. Es absolutamente necesario que beba sangre fresca”.



En 1977, de nuevo en la calle, comienza a secuestrar a numerosos perros y gatos, a los cuáles decapita, descuartiza y bebe su sangre mezclada con Coca Cola. Guarda los collares, formando una macabra colección. Luego ataca vacas y ovejas en el campo para beber su sangre; incluso es detenido por un oficial indio en una reserva, pero al comprobar que lleva cubetas con sangre ovina, es dejado en libertad: cuando se le pregunta por qué lleva la camiseta manchada de sangre, alega que estaba cazando conejos.



La casa de Richard Chase


Su padre intenta acercarse a él; pasa los fines de semana en su compañía, le compra regalos y se lo lleva de excursión. Pero es inútil: Chase está totalmente demente. No puede pensar en otra cosa más que en el ficticio deterioro de su cuerpo. También se obsesiona con los extraterrestres y habla constantemente sobre OVNIs. Cuando se encuentra a algún antiguo conocido, le dice que una agrupación nazi lo persigue desde que estaba en la secundaria. Richard Chase está convencido de que, a causa de la supuesta falta de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. En su mente, se trata de una metamorfosis que lo transformará en un vampiro humano.



Para septiembre de ese mismo año, Chase discute con su madre. Incapaz de controlar su violencia, toma al gato de la casa y lo asesina. Días después, va a la perrera municipal; adquiere dos perros por $15.00 dólares y los asesina, bebiéndose su sangre. El 20 de octubre roba gasolina para su furgoneta, que está descuidada y llena de basura; cuando un policía lo descubre, Chase niega la acusación y convence al agente, que lo deja irse. Después responde a un anuncio en el periódico, va a una casa y compra dos perros labrador por el precio de uno. Los sacrifica también. Su colección de collares crece. Luego roba un perro que ve en la calle, y esta vez lo tortura antes de asesinarlo, beberse su sangre y comerse sus vísceras. Después se entera de que los dueños ofrecen recompensa; eufórico, los llama por teléfono y les cuenta cómo torturó y mató al animal.



El 7 de diciembre, Chase va a una armería y se compra otro revólver del calibre .22. Las desapariciones de mascotas continúan. Fascinado por los crímenes de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, cometidos en Los Ángeles, guarda celosamente los recortes de prensa que los mencionan. Señala en los periódicos los anuncios puestos por personas que regalan gatos o venden perros. Su padre le regala en navidad un anorak amarillo, que ya no se quitará. Chase practica con su nueva pistola. Dispara contra el muro sin ventana de la casa de una familia apellidada Phares. Al otro día, dispara contra la ventana de una cocina, partiéndole el cabello a la señora Polenske, quien está inclinada y evade la muerte por milímetros.



Richard Chase decide que es hora de practicar sobre otros blancos. Tiene 28 años y una mente hecha pedazos. El 28 de diciembre toma su revólver, sale a la calle y le dispara a Ambrose Griffin, un desconocido a quien ve en la calle. Lo mata mientras el hombre regresa del supermercado con su esposa, disparándole desde su furgoneta. Griffin vive justo enfrente de la casa de los Phares, donde Chase efectuó su primer disparo. Chase comienza a coleccionar recortes de periódico sobre el crimen aparecidos en el Sacramento Bee. El 16 de enero, le prende fuego a un granero para alejar a unos adolescentes que habían puesto música a volumen alto.



Está enloquecido: necesita beber sangre y ya no queda satisfecho al conseguirla desangrando animales. Ha llegado a la conclusión de que es un vampiro, así que inicia una cacería humana. El 23 de enero por la mañana, intenta allanar una casa entrando por la ventana, pero se topa de frente con el rostro de la dueña. Se sienta entonces en el jardín y allí se queda un rato, pasmado. La mujer llama a la policía, pero Chase se marcha antes de que lleguen. Se mete a otra casa, defeca en la cama de un niño y orina en un cajón lleno de prendas íntimas. Roba algunos objetos. Después es sorprendido por el dueño. Chase huye, el hombre lo persigue, pero consigue evadirse. El hombre regresa a su hogar y descubre los daños. Una hora después, el asesino se dirige a un centro comercial. Lleva la camisa manchada de rojo y tiene costras de sangre seca en la boca. Hiede y se nota perdido. Una amiga suya de la secundaria está en el aparcamiento. Chase se le acerca y le pregunta si ella iba en la misma motocicleta donde se mató un viejo amigo suyo de la escuela (la chica era la novia). Ella no le reconoce hasta que él le dice quién es. Lo evade, se mete a un banco, pero él la espera hasta que sale. Ella intenta alejarse y al subirse a su auto, Chase trata de meterse por el asiento del copiloto. La mujer logra escaparse.



La amiga de Chase


Richard Chase sigue vagando. Se mete a un jardín, el dueño sale y le reclama. El criminal alega que sólo está tomando un atajo, sigue su camino y entra al jardín de otra casa. Es la vivienda de una mujer llamada Terry Wallin, una joven de veintidós años con tres meses de embarazo, que se encuentra sacando la basura. Chase la obliga a entrar en la casa; una vez adentro, le arranca la sudadera, en pantalón y el sujetador, y después dispara dos veces sobre ella; aún viva, le abre el vientre para arrancarle los intestinos, y los esparce cuidadosamente por el suelo. 



El cadáver de Terry Wallin


La mujer no deja de proferir alaridos de dolor. Le mete un cuchillo en uno de los pechos y retuerce la hoja dentro de la herida; ella muere entre espantosos dolores. Luego le extirpa el hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos encima de la cama. Chase golpea varias veces el cuerpo sin vida y después va por un vaso a la cocina. Se dedica a beber la sangre de la mujer, fresca y caliente. Mastica algunos trozos de vísceras y devora parte de los órganos internos; se pinta además el rostro con la sangre. Finalmente, como toque final a su obra, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y abandona la casa, satisfecho.



La escena del crimen


A las 18:30 horas, David Wallin, el esposo de Terry, regresa a su casa después de trabajar y se encuentra con la carnicería. Aterrado, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen igual en Sacramento. Los policías acuden al FBI y quien acude es el agente Robert K. Ressler, creador del concepto “asesino serial”, quien realiza un perfil del criminal, que es casi coincidente con las características de Richard Chase.



Manchas de sangre en la casa de los Wallin


La policía busca al asesino, pero no consiguen encontrarlo. Cuatro días después, la sed se apodera nuevamente de Richard Chase, a quien los periódicos han bautizado ya como “El Vampiro de Sacramento”. Entra en una casa elegida al azar; una vez allí, se dedica a disparar contra los habitantes. Mata a Evelyn Miroth, de treinta y seis años; a su hijo Jason, de seis; y a un amigo de la familia llamado Daniel J. Meredith, de cincuenta y dos.



La casa de Evelyn Miroth


Chase lleva el cadáver de Evelyn Miroth a la recámara, donde la sodomiza. Luego le clava el cuchillo en el ano; después le vacía un ojo y se lo come. A continuación la eviscera y engulle parte de sus órganos internos y bebe su sangre en un vaso de cristal.



Evelyn Miroth


Lleva el cadáver del niño a la bañera; rompe y abre el cráneo del niño, y comienza a devorar el cerebro. El agua de la tina queda manchada de rojo y con trocitos de masa encefálica. Chase defeca en el agua. Alguien llama a la puerta de la casa y se asusta, así que decide marcharse. En la casa hay además un bebé de veintidós meses, Michael Ferreira, a quien Chase secuestra. Se roba la camioneta Ranchera de Daniel J. Meredith y escapa en ella. Abandona el vehículo a unas cuantas calles, con las llaves puestas; allí lo encuentra la policía.



Jason Miroth


Ya en su casa, Chase tortura al bebé un rato. Cuando se aburre, toma un cuchillo y, mientras el bebé sufre lo indecible, le corta la cabeza. Tarda un rato en lograr su cometido, pues la hoja está roma. Tras decapitar el cuerpo, bebe la sangre con fruición. Rompe el cráneo del bebé y devora el cerebro crudo.



Michael Ferreira


La gente se muestra aterrorizada. La policía se ve presionada. Los medios convierten los asesinatos en noticia nacional. “El Vampiro de Sacramento” cosecha fans: mucha gente asegura que se trata de un vampiro verdadero y que hay que comprenderlo, no cazarlo. Sesenta y cinco policías dan caza al criminal, en una zona cercana al lugar donde abandonó la camioneta. Chase sale de casa y, ante el temor de que la policía lo capture, dispara contra un perro en un club de campo cercano y lo destaza, bebiendo nuevamente sangre de animal. La policía se entera y estrecha el cerco. Mientras tanto, Chase sigue coleccionando recortes de periódico y escribe en su diario:

“Si devoré a esas personas fue porque tenía hambre y me estaba muriendo”.



Retrato hablado de Chase


La ex compañera de la secundaria a quien Richard Chase encontró en el centro comercial decide acudir a la policía; les cuenta lo ocurrido y les comunica sus sospechas de que él es a quien buscan. Los agentes encuentran sus datos enseguida. Chase vive a una manzana de distancia del lugar donde se encontró la camioneta abandonada. Varios policías se colocan alrededor de su domicilio; saben que posee un revólver y que está totalmente trastornado. Vigilan la casa en espera de que se asome. Chase aparece poco después. Corre hacia su furgoneta llevando una caja bajo el brazo. Los policías caen sobre él; Chase lucha con ellos. Durante el forcejeo, intenta sacar el revólver, pero se le cae al piso. Finalmente, los agentes logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados y la cartera de Daniel Meredith está en el bolsillo trasero de su pantalón.



La caja que llevaba Chase


La casa de Chase es un sitio hediondo, lleno de basura, excremento y trozos de vísceras podridas. Hay sangre seca por todas partes, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche, trapos sucios, un plato con restos de cerebro encima de la cama y recipientes con órganos humanos y animales. La policía encuentra un cuchillo de caza con una hoja de treinta centímetros, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También hallan su colección de collares de perro y gato, así como tres licuadoras que Chase usa para moler órganos y sangre.



Una de las licuadoras que Chase utilizaba


Hallan su diario. En la pared de la cocina hay además un calendario, con la palabra “Hoy” escrita en las fechas de los asesinatos. Lo peor es que la misma palabra aparece escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Chase planeaba asesinar por lo menos en otras cuarenta y cuatro ocasiones. El cuerpo del bebé asesinado es encontrado a mediados de 1978, enterrado cerca de la casa del asesino. Una de las anotaciones finales de Chase dice:

“La primera persona a la que maté fue por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa y disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, las personas habían ganado mucho dinero y tenía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva... el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”



El juicio se cambia de la ciudad de Sacramento a Palo Alto. Chase trata de justificar sus macabros crímenes diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándolo a matar. El juicio se inicia a principios de 1979 y el 6 de mayo de aquel año, Iris Yang, periodista delSacramento Bee, describe a Chase:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.



Sólo hay juicio porque la fiscalía se empeña en pedir la pena de muerte, basándose en una nueva ley estatal recientemente aprobada en California. La defensa quiere que Chase sea considerado mentalmente enfermo e incapaz de someterse a juicio, pero la fiscalía argumenta que Chase ha tenido suficiente“astucia y conocimiento” en el momento de los crímenes para ser considerado responsable de sus actos y tener que responder por ellos. Lo acusan de seis asesinatos en primer grado: Terry Wallin, las tres personas en casa de los Miroth, el bebé muerto y Ambrose Griffin. El jurado sólo delibera un par de horas y lo declara culpable de todos los asesinatos. El juez lo manda al Corredor de la Muerte de San Quintín a la espera de su ejecución en la silla eléctrica. Lo trasladan a Vacaville, donde está también preso Charles Manson.



Tras el juicio, Robet K. Ressler describe su encuentro con Richard Chase en su libro Asesinos en serie:

“Yo no estaba de acuerdo en absoluto con el veredicto ni con la orientación que se había dado al caso. Ocurrió en el mismo periodo en que el antiguo inspector del ayuntamiento de San Francisco, Dan White, asesinó al alcalde Moscone y al inspector Harvey Milk. White alegó que se había vuelto loco porque había consumido un tipo de comida basura, los Twinkies de Wonder, y su estrategia fue aceptada. Lo mandaron a una cárcel estatal sin pena de muerte. Richard Chase, en cambio, que tenía claramente una enfermedad mental y debería haber pasado el resto de su vida en un psiquiátrico, fue condenado a muerte. John Conway y yo visitamos a Chase en el Corredor de la Muerte de San Quintín en 1979. Conway era el enlace del FBI con las cárceles de California y era un tipo excepcionalmente afable, apuesto y sutil, que poseía el don de conseguir que los prisioneros hablaran con él.



El agente del FBI, Robert K. Ressler


“Visitar a Richard Chase fue una de las experiencias más extrañas que jamás tuve. Desde el momento en que entré en la cárcel hasta que me senté en el cuarto donde lo entrevistaríamos, rasé por toda una serie de puertas que se cerraban de golpe tras nosotros, una experiencia opresiva y aterradora. Había estado en muchas cárceles, pero ésa fue la más horripilante; me sentía como si estuviera atravesando un punto sin retorno. Conway estaba mucho más entero que yo. Subimos en varios ascensores y el último nos dejó en el Corredor de la Muerte. Escuché ruidos extraños, gemidos y otros sonidos casi inhumanos provenientes de las celdas. Nos sentamos en un cuarto a esperar a Chase y lo oímos acercarse por el pasillo. Llevaba grilletes en las piernas y hacía un sonido metálico seco al andar, lo que me hizo pensar enseguida en el fantasma de Marley del libro Una canción de Navidad de Charles Dickens. Además de llevar grilletes, iba esposado y tenía puesto uno de esos cinturones a los que van atadas las esposas. Sólo podía arrastrar los pies a duras penas.



“Su aspecto me dio otro susto. Era un hombre joven, flaco, extraño, con el pelo negro y largo, pero lo que realmente me impactó fueron sus ojos. Nunca los olvidaré. Eran como los ojos del monstruo de la película Tiburón. No había pupilas, sólo puntos negros. Eran ojos malvados que recordé durante mucho tiempo después de la entrevista. Casi tuve la impresión de que no podía verme, que más bien miraba a través de mí, sin más. No mostró ninguna señal de agresividad, simplemente se sentó y se quedó pasivo. Tenía un vasito de plástico en las manos, algo de lo que no habló al principio. Como Chase ya había sido condenado y se encontraba en el Corredor de la Muerte, no me sentí obligado a empezar con el típico cortejo que empleaba en la primera entrevista con un asesino. Normalmente, tengo que esforzarme por demostrar al preso que soy digno de su confianza y que puede hablar conmigo. Chase y yo hablamos con bastante facilidad, considerando su estado mental. Reconoció haber cometido los asesinatos pero dijo que fue para preservar su propia vida. Me indicó que estaba preparando una apelación centrada en la idea de que se estaba muriendo y había asesinado para obtener la sangre que necesitaba para vivir. Lo que ponía en peligro su vida era el ‘envenenamiento de jabonera’. Cuando le dije que no conocía la naturaleza del envenenamiento de jabonera, me ilustró al respecto. Todo el mundo tiene una jabonera, dijo. Si levantas la pastilla de jabón y la parte de abajo está seca, estás bien. Pero si esa parte está pegajosa, significa que sufres de envenenamiento de jabonera. Le pregunté por los efectos del veneno y me contestó que convierte la sangre en polvo, lo pulveriza básicamente; la sangre entonces va consumiendo el cuerpo y su energía y reduce las habilidades de la persona.



“Al lector esta explicación le puede parecer ridícula o demasiado extraña. Sin embargo, cuando me vi en aquella situación, tenía que reaccionar correctamente. No podía parecer horrorizado o sorprendido y debía tomar la explicación como lo que era: una ilustración del razonamiento de un asesino. La regla que empleamos es que no decimos nada sobre la fantasía y animamos a la persona a seguir hablando. De modo que no podía decir sobre el envenenamiento de jabonera ‘no existe tal cosa’, porque eso no habría servido para nada. Tampoco podía decir: ‘oh, sí, conozco a personas que han tenido envenenamiento de jabonera’. Simplemente acepté su explicación y no me puse a discutir al respecto. Apliqué la misma regla cuando empezó a contarme que era judío de nacimiento (sabía que no era verdad) y que los nazis lo habían perseguido toda su vida porque tenía una estrella de David en la frente, que procedió a mostrarme. Podía haber dicho: ‘¡Qué tontería más grande!’ o bien el otro extremo: ‘vaya, qué preciosidad, ojalá tuviera yo una igual’. Ninguna de las dos respuestas habría ayudado mucho en la conversación. No veía ninguna estrella de David en su frente, pero pensé que podía tratarse de una trampa o de una prueba para ver hasta qué punto yo estaba dispuesto a creerme su explicación. Igual me estaba engañando, diciendo que la estrella estaba en su frente cuando en realidad estaba en un brazo o en su pecho, y quería averiguar cuánto sabía yo sobre él. En esa ocasión dije simplemente que no había traído mis gafas, que había poca luz y que no podía ver su marca de nacimiento pero que aceptaba su palabra de que estaba allí. Dijo que los nazis habían estado conectados con los OVNIs que flotan continuamente sobre la tierra y le habían ordenado por telepatía que matara para reponer su sangre. Concluyó su exposición diciéndome: ‘Así que ya ve, señor Ressler, está muy claro que maté en defensa propia’.



“Quizá la información más relevante que saqué de la entrevista fue la respuesta que me dio cuando le pregunté cómo había elegido a sus víctimas. Muchos de los anteriores entrevistadores habían sido incapaces de obtener ese dato, pero yo me había ganado la confianza de Chase y él se sintió cómodo contándomelo. Había estado escuchando voces que le decían que matara y simplemente fue de casa en casa, probando si la puerta estaba cerrada o no. Si la puerta estaba cerrada, no entraba. Pero si estaba abierta, entraba. Le pregunté por qué no rompió simplemente una puerta si quería entrar en una casa en particular. ‘Oh’, dijo, ‘si una puerta está cerrada, significa que no eres bienvenido’. ¡Qué delgada era la línea entre los que evitaron ser víctimas de un crimen horrendo y los que sufrieron una muerte atroz a manos de Chase! Finalmente, le pregunté por el vasito de plástico que llevaba en la mano. Me dijo que era una prueba de que en la cárcel estaban intentando envenenarle. Me lo enseñó y dentro había una sustancia amarilla y pegajosa que más tarde identifiqué como los restos de una cena precocinada de macarrones y quesos. Quería que me lo llevara al laboratorio del FBI en Quantico para que lo analizaran. Era un regalo que no podía rechazar. La información obtenida en esa entrevista ayudó a confirmar el retrato que estábamos elaborando del ‘asesino desorganizado’, que era radicalmente diferente del retrato del ‘asesino organizado’. Chase no se limitaba a encajar en el perfil del asesino desorganizado, sino que se podría afirmar que era su personificación. Nunca he conocido, ni creo que ningún otro policía lo haya hecho, a un tipo que se adecuara mejor a las características del asesino desorganizado. A este respecto, era todo un clásico.



“Los otros presos en la cárcel de San Quintín se mofaban de Chase; amenazaban con matarle si conseguían acercarse lo suficiente y le decían que tendría que suicidarse. Los psicólogos y psiquiatras de la cárcel que examinaron a Chase en aquella época esperaron a que se calmara el revuelo que se había formado en torno a la pena de muerte y luego sugirieron que, dado que era ‘psicótico, loco e incompetente, y todo esto de manera crónica’, fuera trasladado a la prisión de Vacaville, en California, conocida como las ‘Instalaciones Médicas de California’ del sistema penitenciario, el lugar que alberga a los locos criminales. Yo, desde luego, estaba de acuerdo con esa opinión. Para entonces, como creía que el FBI analizaría lo que le daban de comer en la cárcel, Chase también nos escribía a Conway y a mí para decimos que tenía que desplazarse a Washington, D.C., para trabajar en su apelación. Tenía la convicción de que al FBI le interesaría saber que los OVNls estaban relacionados con los accidentes aéreos y las armas antiaéreas que los iraníes empleaban contra Estados Unidos. ‘Sería fácil para el FBI detectar los OVNIs por radar’, me escribió, ‘y verían que me siguen y que son estrellas en el cielo por la noche que se encienden por medio de algún tipo de máquina de fusión controlada’.



Blusa con el rostro de Chase


“Fue la última vez que Chase me escribió. Justo después de la Navidad de 1980, lo encontraron muerto en su celda en Vacaville. Había estado ahorrando muchas pastillas antidepresivas de las que recibía para controlar sus alucinaciones y convertirlo en un preso manejable, y se las había tomado todas de una vez. Algunos dijeron que era un suicidio; otros siguieron creyendo que había sido un accidente, que Richard Trenton Chase había ingerido todas las pastillas en un intento de acallar las voces que lo habían impulsado a matar y que lo atormentaron hasta el día de su muerte”.
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Por qué matan los asesinos seriales?

Más allá de los motivos concretos de cada asesino están los motivos profundos que impulsan a obrar a todo asesino serial. “¿Por qué matan?” se constituye así en una pregunta que por mucho tiempo ha ocupado las mentes de los investigadores científicos, quienes en la actualidad piensan que la respuesta, más que en la sociedad y el medio, está en oscuras particularidades innatas.

La necesidad de poder y control es esencialmente lo que conduce el accionar de los psicópatas, quienes ven el mundo en términos de tomadores y dadores, justificándose siempre para ser tomadores…

Un investigador internacionalmente destacado en el tema de la psicopatía, el Dr. Robert Hare, cree que es poco probable que alguna vez se llegue a una teoría unificada sobre las causas de la violencia en general, sin embargo plantea que nos estamos acercando hacia una mayor comprensión de ciertos tipos de violencia depredadora atribuibles a los psicópatas. Las respuestas no estarían dentro de los factores sociológicos o de entorno sino más bien dentro del individuo.

Tal y como el asesino Berdella demostró, los psicópatas son arrogantes, narcisistas, superficiales, manipuladores y grandilocuentes. No tienen consideración alguna por el sufrimiento que pueden causar y en general no establecen fuertes vínculos emocionales con los otros. El trastorno de la psicopatía aparece en todas las culturas y se manifiesta tempranamente con desordenes de conducta, cruel indiferencia y desordenes de déficit de atención e hiperactividad. Aunque no todos los psicópatas violan la ley, muchos manifiestan comportamientos antisociales como manipular emocionalmente, agredir y ser crueles. La necesidad de poder y control es lo que conduce el accionar de los psicópatas, quienes son sujetos que ven el mundo en términos de dadores y tomadores, sintiéndose justificados de ser los tomadores. Su violencia, como una vez dijo el asesino serial Arthur Shawcross, es solo un negocio usual. En otras palabras, su agresión es instrumental, no reactiva, y está encaminada hacia alguna oscura ganancia.

En términos de tratamiento[1], Hare nota que los agresores sexuales que son psicopáticos presentan problemas especiales. Las agresiones de los agresores sexuales psicopáticos —dice Hare citando la literatura médica— serán probablemente más violentas y sádicas que las del resto de agresores sexuales.

Los psicópatas también reinciden más, diversifican sus crímenes, y fallan a la hora de aprender de los castigos. Al parecer sufren de cierta angustia personal, aparecen mal con sus actitudes y conducta, y buscan tratamiento solo cuando va con sus intereses.

Aparentemente fallan en procesar las emociones de la manera en que la gente normal lo hace, de forma tal que no tienen empatía. Por ende, en ellos son débiles las inhibiciones emocionales típicamente socializadas en relación a la agresión. Así, cuando a Bob Bardella se le preguntó sobre  su propósito luego del segundo asesinato, él dijo que no tenía un propósito, al menos no conscientemente. La primera vez era más que todo un asunto de no ser atrapado, así que…¿qué diferencia habría realmente si mataba de nuevo?.

La psicopatía se presenta en cualquier cultura y sociedad. Adriane Raine, investigador de la Universidad de Southern California, ha encontrado que en el cerebro del psicópata existen déficits a nivel del sistema límbico (el centro emocional) y del cortex prefrontal, gracias a los cuales el psicópata, entre otras cosas, sería impulsivo, carente de empatía y menos sensible a los estímulos negativos.

Adriane Raine, de la Universidad de Southern California, ha estado interesado por mucho tiempo en los correlatos neurológicos del comportamiento psicopático. Él ha encontrado déficits cerebrales en diversas áreas que parecen contribuir a la violencia, específicamente el sistema límbico (el centro emocional) y el cortex prefrontal. Dichos déficits harían a los psicópatas menos sensibles a la estimulación aversiva y menos capaces de tomar decisiones apropiadas en torno a la agresión hacia los demás, así como también harían que éstos sean impulsivos, arrojados y buscadores de actividades que comporten sensaciones fuertemente estimulantes. Consecuentemente los asesinos predadores serían sujetos carentes de afecto y mucho más propensos a atacar a extraños que la gente normal cuya violencia es más reactiva y emocional.

Al evaluar los procesos emocionales en el verdadero psicópata, Patrick Christopher hace eco de Raine y Hare cuando afirma que el comportamiento predatorio del psicópata está relacionado con una debilidad en el sistema defensivo del cerebro. Se cree pues que, tanto en el psicópata como en la persona normal, las emociones activan uno de los dos procesos básicos del cerebro, produciendo así la aversión-evasión o el deseo-aproximación. En el caso de los psicópatas, dice Patrick que el estímulo desagradable tiene que ser, para los mecanismos de acción defensiva, lo suficientemente fuerte como para activar un bloqueo o interrupción en el comportamiento de búsqueda de la meta.  En otras palabras, en ellos no hay ideas a largo plazo sobre el aprisionamiento que podría detenerlos ni el dolor o la angustia de sus víctimas: solo y únicamente los frena la posibilidad de un castigo inmediato[2]. Ellos tienen una meta definida y usarán la fuerza y la violencia para conseguirla a menos que esto pueda lastimarlos de alguna manera como, por ejemplo, en el caso de que tuviesen, para conseguir su meta, que intentar apuñalar a alguien mucho más fuerte y con la capacidad suficiente como para vencerlos o causarles daños de suma gravedad.

Todavía más profundo resulta el que los asesinos seriales utilizan la cadena de sus asesinatos como una forma de dar sentido y propósito a sus vidas. Candice Skrapec, de la Universidad Estatal de California en Fresno, ha tratado de comprender qué es lo que conduce a los asesinos seriales y ha encontrado necesidades humanas básicas, aunque exageradas[3]. A partir de entrevistas, ella ha descubierto que los asesinos seriales masculinos de tipo predador se sienten víctimas y, en consecuencia, su ira les lleva a devolver el golpe y a hacer pagar a otros[4]. En definitiva ellos se sienten libres de sus propios códigos morales y acreditados para hacer lo que están haciendo.

Complementariamente, los asesinos seriales alimentan sus ímpetus con las oscuras fantasías que les hacen sentirse más grandes de lo que en realidad son, siendo así fantasías que parecen completarlos. De ese modo, representando y fomentando esas oscuras fantasías ellos escapan de cuestionar su autoconcepto y de enfrentar con ello su imagen de impotencia, sintiéndose así especiales por hacer algo que pocas personas podrían hacer. Así, asesinar incrementa su sensación de vitalidad, lo cual produce una euforia que es seguida por una sensación de calma o alivio de la tensión. Por otro lado, el que los medios de comunicación den atención a sus asesinatos es algo que afirma y refuerza el sentimiento de poder que existe en ellos.

Ciertos estudios han mostrado que el asesinato reconstituye el sentido del yo fragmentado del asesino serial, transformándolo en un todo integrado. Complementariamente, los asesinos seriales experimentan el enojo como vacío (sensación de vacío existencial), por lo cual exteriorizan su agresividad para sentirse mejor e incluso para, a través de esas experiencias que viven al exteriorizar su enojo-agresividad, concebir una sensación de sentido y significado dentro de sus vidas…

Siguiendo con esto de la relación entre los asesinatos y la búsqueda de significado existencial, se tiene que, si bien la agresión no es difícil de sexualizar, aún así la depredación sexual no es el motivo original en los asesinos seriales. Y es que en ellos se expresa el asesinar como algo que envuelve algo más grande que la mera muerte: la necesidad de destruir por completo, necesidad ésta vinculada al limitado rango con que los asesinos evalúan la realidad, juzgando todo como blanco o negro y, a consecuencia de eso, actuando de forma tal que sus actos tienden a seguir la ley del “todo o nada”.

Por último, en los asesinos seriales el asesinato reconstituye un sentido del yo fragmentado, transformándolo en un todo integrado. Tal y como postuló Skrapec, al fin y al cabo lo que exteriormente parece un comportamiento ofensivo es, en realidad y en esencia, un comportamiento defensivo. En este marco, se tiene que los asesinos seriales experimentan el enojo como vacío (sensación de vacío existencial), por lo cual exteriorizan su agresividad para sentirse mejor e incluso para, a través de esas experiencias que viven al exteriorizar su enojo-agresividad, concebir una sensación de sentido y significado en sus vidas…

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Cómo se origina un asesino en serie

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Todo asesino serial tiene “trastorno de personalidad antisocial”, una condición que se caracteriza por la falta de empatía, la manipulación, y el ver a los demás como meros medios para satisfacer los propios deseos. Pero eso no basta para que surja un asesino. Padres violentos, rechazo social, traumas y otros factores, podrían crear al monstruo…

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Asesinos seriales: ¿nacen o se hacen?

Primeramente es necesario considerar que no todos los psicópatas son asesinos en serie, pero todos los asesinos en serie son psicópatas. Esto tomando indistintamente los términos “trastorno antisocial de la personalidad”, “sociopatía” y “psicopatía”; ya que, si bien las diversas fuentes a veces delimitan un término de otro, en esencia los tres significan lo mismo y son, por lo general, empleados indistintamente en la actualidad. Pero entonces y antes de intentar responder si el psicópata nace o se hace: ¿cuáles son sus características fundamentales? En palabras del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales IV —donde no se distingue al psicópata del sociópata, y se engloba a ambos en el trastorno antisocial de la personalidad—, estas son las siguientes:

1. Fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención

2. Deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer

3. Impulsividad o incapacidad para planificar el futuro

4. Irritabilidad y agresividad, indicados por peleas físicas repetidas o agresiones

5. Despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás

6. Irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas

7. Falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros

Ahora bien, ¿el asesino serial nace o se hace? Veamos.

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El asesino serial es un resultado de la interacción entre las circunstancias (el entorno) y las tendencias innatas; aunque podría señalarse que éste se autoconstruye, se hace a sí mismo en la medida en que tiene la posibilidad de elegir qué reacciones tomar ante lo que le sucede: así, cuando se habla de que “el asesino se hace”, se habla tanto de que las circunstancias lo construyen como de que él, en la medida en que tiene libertad de autoregulación y reacción, se autoconstruye como respuesta a esas circunstancias.

Como ya se dijo antes, no todo psicópata es un asesino serial. Cabe así la pregunta: aquellos psicópatas que se transformaron en asesinos seriales, ¿estaban indefectiblemente destinados a convertirse en asesinos seriales y en consecuencia eran manifestaciones de que el asesino nace y simplemente manifiesta esa esencia en el futuro? Para responder a eso hay que tener presente que la psicopatía es una condición que siempre se manifiesta a nivel de anomalías neurológicas[1], por lo que el cerebro del psicópata nunca es igual al de la persona normal. No obstante eso no implica que todo psicópata nace siendo psicópata, ya que una persona normal puede, como consecuencia de un accidente u otra situación, desarrollar en cualquier etapa de su vida un conjunto de anomalías cerebrales que lo transformen en psicópata. Lo anterior se vio en el caso del británico Raymond Fernández, quien inicialmente fue un espía británico más, después de un fuerte golpe en la cabeza, su conducta cambió y él se transformó en un psicópata y asesino en serie… Pero las veces en que el psicópata (condición para ser asesino serial) no nace son excepcionales, por lo que la pregunta sigue vigente para la mayoría de casos. Así pues, la realidad es que el asesino serial se hace; ya que, según los estudios, en condiciones determinadas de desarrollo es posible lograr que, alguien que por sus genes o por alguna otra causa (anomalías en el embarazo) nació siendo psicópata, no se transforme en asesino serial o en tipo alguno de criminal. En otras palabras, la psicopatía no basta para dar lugar a un asesino serial, ya que éste es siempre el resultado de la interacción entre las circunstancias (el entorno) y las tendencias innatas; aunque, desde un punto de vista filosófico admitido por muchos psiquiatras y psicólogos, el asesino serial se autoconstruye, se hace a sí mismo en la medida en que tiene la posibilidad de elegir qué reacciones tomar ante lo que le sucede, pero esta aclaración no debe tener peso en el asunto, ya que, cuando se habla de que “el asesino se hace”, se habla tanto de que las circunstancias lo construyen como de que él se autoconstruye como respuesta a esas circunstancias.

Al respecto, la neuróloga Debra Niehof afirma lo siguiente: ‹‹La violencia es el resultado de un proceso de desarrollo, una interacción permanente entre el cerebro y el medio ambiente […]. Si una persona ha llegado a creer que el mundo está en contra de ella, y ella está reaccionando de forma exagerada a cada pequeña provocación, estas reacciones violentas irán  más allá de su capacidad de control, porque está en un modo de supervivencia […]. Es importante entender que la violencia no tiene una causa única. Puede venir de cualquier parte de la estructura psicológica. Todo lo que nos encontramos o experimentamos en nuestras vidas tiene el potencial de afectarnos, y no hay un factor único al que echar la culpa. La violencia es el resultado de un bucle de realimentación compleja, pero ese bucle puede romperse. La biología no es destino.››

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Perspectiva general

Hemos visto que el asesino serial es el producto de una interacción entre el entorno y ciertas características del sujeto. Entonces: ¿qué circunstancias tienden a hacer que un psicópata se transforme en asesino serial? Principalmente estas:

Un entorno familiar inapropiado, con patrones como: violencia entre los padres; maltrato, indiferencia-abandono o demasiada permisividad por parte de uno o ambos progenitores; ausencia de uno o ambos progenitores; incestos, abuso sexual o algún tipo de situación sexualmente insana originada en el marco familiar; comportamientos desequilibrados y destructivos-autodestructivos en los padres, tales como alcoholismo, drogadicción, prostitución; etc.

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El asesino es en gran parte un síntoma de los trastornos socio-culturales, ya que, si bien el entorno familiar es el factor externo de primer orden en su encaminamiento hacia el crimen, éste constituye una micro estructura grupal (por algo se le dice “la célula” de la sociedad) que, en sus desequilibrios y problemas, refleja en gran medida los males generales del entramado socio-cultural. Así, consciente de ello, el asesino Charles Manson afirmó: “Mi padre es una prisión, mi madre un sistema, soy lo que ustedes me hicieron. Los miro y me digo: ustedes quieren matarme y yo ya estoy muerto. Toda mi vida estuve muerto”

Una experiencia social nociva, con patrones como: pobreza, usualmente asociada a un sistema lleno desigualdad que, en ciertos casos, acaba generando resentimiento social; aislamiento o maltrato físico y/o psicológico por parte de los pares, sean estos de la institución educativa, del reformatorio o de otro tipo de ambiente; abuso sexual por parte de un desconocido o conocido fuera del círculo familiar; presencia de drogas y/o alcohol en el círculo social; vandalismo y delincuencia; etc.

Vivencia de un marco cultural en el que se exhiben cosas como: mucha rigidez en los roles de género; aceptación de la violencia como forma idónea de control y parte de la cotidianidad; desequilibrios a nivel de la mentalidad imperante, manifestados en casos como el de una sociedad moralista demasiado represiva, una sociedad con tendencia al libertinaje y los vicios, o una sociedad muy materialista, pragmática y consumista; etc

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Exposición a eventos traumáticos

El ser testigo de uno o varios sucesos traumáticos es algo que muchas veces juega un rol crucial en la creación del asesino en serie. Según estudios científicos, presenciar un acto violento puede desencadenar agresión y desórdenes de ansiedad tales como estrés agudo o trastorno por estrés post-traumático, o inclusive puede ocasionar problemas relacionales y una disrupción en el desarrollo de la capacidad empática.

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Presenciar un acto violento puede desencadenar agresión y desórdenes de ansiedad, tales como estrés agudo o trastorno por estrés post-traumático, o inclusive puede ocasionar problemas relacionales y una disrupción en el desarrollo de la capacidad empática. Un ejemplo terrible fue el del legendario asesino Gilles de Raise, quien destripaba a sus víctimas como un reflejo de que, durante su niñez, vio a su padre con las tripas afuera, agonizando en el lecho antes de morir tras un ataque de jabalí.

Así y refiriéndose sobre todo a la violencia animal que muchos chicos presencian, Kellert y Felthous afirman que: ‹‹Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo, tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto››. Esto es importante ya que muchas veces el presenciar violencia animal constituye aquellos eventos traumáticos y lastimosamente, esta potencial fuente de eventos traumáticos a presenciar, viene como complemento a experiencias de maltrato pues, según un estudio de la New Jersey Public Child Protection Agency, en el 88% de las familias donde hay maltrato infantil, hay también maltrato a animales, y éste está usualmente ligado a una experiencia de humillación e impotencia, tal y como lo refleja el hecho de que, según el estudio antes dicho, en el 66% de los casos es el progenitor quien, para castigar o controlar al hijo, maltrata a la mascota.

Ejemplos de asesinos que presenciaron eventos traumáticos son:

Ed Gein: Ed presenció el sacrificio de animales de granja y esto, según confesó, le inspiró ideas pervertidas que más adelante influenciaron en su conducta criminal.

Guilles de Rais: A sus nueve años, Guilles presenció la muerte de su padre en una sesión de caza. Fue algo realmente espantoso pues un jabalí había clavado sus colmillos en el vientre de su padre, y el pequeño Guilles contempló “cómo sus vísceras se esparcían por el lecho”, lo cual lo marcó tan profundamente que, en el futuro, repitió la escena destripando niños y viendo como las entrañas y la sangre se derramaban sobre el suelo de su castillo…

John George Haigh: Conocido como “El Vampiro de Londres”, este asesino, durante un bombardeo de la Segunda Guerra Mundial acontecido en su niñez, corrió aterrado solo para llevarse un susto aún mayor al ver una cabeza que, producto del bombardeo, había terminado rodando y yendo a parar ante sus pies…

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Maltrato infantil y adolescente

El maltrato infantil casi nunca será suficiente en la creación de un asesino en serie, pero siempre será importante. En su libro Serial Killers, Joe Norris nos dice que el maltrato infantil genera reacciones violentas, trastorna el desarrollo psicológico y hasta puede producir lesiones cerebrales… Al respecto escribe: ‹‹Los padres que abusan de sus hijos, tanto física como psicológicamente, inculcan en ellos una confianza casi instintiva en la violencia como primer recurso ante cualquier desafío.›› 

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Según criminólogos del F.B.I., cuando un niño sufre maltrato infantil, ve menoscabada su capacidad de empatía, no desarrolla su capacidad de confianza, seguridad y autonomía, experimenta un daño en su facultad para vincularse a otras personas, y se llena de fantasías de dominación, violencia y control.

Los psicólogos dicen que, cuando hay maltrato infantil por parte de uno o ambos progenitores, el maltratado sufre un menoscabo en su capacidad para confiar en el otro en general, pudiendo así refugiarse en el aislamiento y en fantasías violentas. Por ello en el libro Homicidio sexual: patrones y motivos, Robert Ressler y dos autores más afirman que, cuando un niño sufre maltrato infantil, ve menoscabada su capacidad de empatía, no desarrolla su capacidad de confianza, seguridad y autonomía, experimenta un daño en su facultad para vincularse a otras personas, y se llena de fantasías de dominación, violencia y control.

Naturalmente el hogar es la fuente más usual de maltrato infantil y adolescente, pero no la única. Están también las instituciones educativas, los orfanatos y los reformatorios, entre otras.

Ejemplos de asesinos que han sufrido maltrato infantil y/o adolescente son:

Carl Panzram: A Carl lo golpeaban sus hermanos mayores cuando era niño, y ya más grande, recibió numerosas palizas estando en el reformatorio.

Albert Fish: Este anciano torturó a varios niños y niñas, era un verdadero sádico, y también un gran masoquista (se clavaba agujas, se quemaba algodones en el ano, etc…). Ahora y si uno se pregunta de dónde le nacieron esas oscuras tendencias, Albert responde que de sus experiencias en un orfanato de Washington D.C., en el cual vio abusos y maltratos tan terribles que terminaron haciéndolo amar su propio sufrimiento, y el ajeno, particularmente el de seres inocentes como eran los niños del orfanato…

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Relación con los padres

Generalmente es la madre la figura que más peso tiene en la construcción del asesino serial, en parte porque, en las biografías de los asesinos, es muy frecuente la figura del padre que se ausentó tempranamente (cuando el asesino era niño) o que nunca estuvo. Esta madre suele ser dominante, estricta, cruel, maltratadora; distante e indiferente; incestuosa, promiscua o sexualmente perturbadora y provocadora; de moral religiosa y represiva, o de un libertinaje amoral; alcohólica y drogadicta; etc. Mientras tanto, cuando el padre está presente y es fuente de daño y trastorno, lo es casi siempre bajo la figura del padre autoritario, violento, sádicamente disciplinario, y usualmente machista y alcohólico.

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Los padres son claves en la construcción moral, social y emocional del sujeto, en su encaminamiento a la legalidad o la ilegalidad. Es así que las biografías de asesinos están llenas de madres y padres ausentes o perniciosamente deficientes: padres ausentes, o machistas, bebedores, y violentos, madres prostitutas, descarriadas, distantes o maltratadoras…

Según los psiquiatras, las siguientes situaciones son de gran riesgo en tanto potenciales generadoras de un futuro antisocial:

  • Padre o madre ausente (esto sucede en aproximadamente un 60% de los casos)
  • Padre y madre ausentes
  • Desequilibrio disciplinario: un padre muy severo y una madre muy permisiva, o un padre muy permisivo y una madre muy severa. Casi siempre ocurre lo primero, y entonces el niño aprende a manipular (por culpa de la madre) y desarrolla odio hacia la autoridad en general (por culpa de la autoridad particular del padre).
  • Falta de vinculación con el bebé durante los primeros nueve meses, sobre todo de madre a hijo. Esto es enormemente perjudicial, ya que deja secuelas a nivel neurológico…
  • Padres hipócritas que en público manifiestan una imagen de unión y armonía familiar, pero en privado humillan y menosprecian al hijo.

La madre

Generalmente, en las biografías de los asesinos seriales, la figura materna (sea madre biológica o madre adoptiva) tiene un mayor peso en la construcción de la motivación criminal. Puede aparecer así bajo distintas formas, pudiendo a veces manifestarse varias de estas formas en una sola madre:

  • Madre prostituta: Pedro Alonso López, Henry Lee Lucas.
  • Madre que engendra deseo sexual en el hijo: José Antonio Rodríguez Vega, Gary Ridgway.
  • Madre sobreprotectora: Harold Shipman, Jesse Pomeroy, Ed Gein, Marta Beck.
  • Madre dominante y maltratadora (puede ser maltrato físico o psicológico): Daniel Camargo Barbosa, Pedro Alonso López, Edmund Kemper, Gary Ridgway, Richard Kuklinski, Ed Gein, Marta Beck, Albert DeSalvo, Jerome Henry Brudos, Ted Bundy.
  • Madre que abandona al hijo o está ausente (pudiendo ser esto por muerte temprana): David Berkowitz, Gerald Eugene Stano, Ángel Maturino Resendiz, Marcel Petiot, Manuel Delgado Villegas, Bob Berdella.
  • Madre con respecto a la cual el hijo sostiene un vínculo afectivamente dependiente que, al romperse con la muerte de ésta, impulsa hacia el asesinato al hijo, de alguna u otra forma: Harold Shipman, Peter Sutcliffe.
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Los asesinos seriales suelen tener pésimos modelos maternos, pero a veces eso llega al extremo y entonces la relación madre-hijo puede volverse escalofriantemente patológica, tal y como en el caso de Edmund Kemper, quien, tras irrumpir en la habitación de su madre y decapitarla, tomó la cabeza de ésta, le lanzó dardos mientras la insultaba, y finalmente la agarró para hacerse sexo oral…

Hecho ya un panorama general con los ejemplos referidos arriba, cabe señalar que, si bien tanto la madre como el padre pueden inducir agresividad y trastornos en el futuro criminal, la madre está más asociada a trastornos en la conducta sexual. Son por ello enormemente impactantes algunos casos en que la conducta de la madre ha originado en el hijo una mezcla de ira y deseo sexual: en Ed Kemper, esto desembocó en el hecho de que Ed decapitara a su madre y, después de lanzarle flechas e insultos a su cabeza inerte, tomase esa misma cabeza para hacerse sexo oral; en José Antonio Rodríguez Vega, esto se plasmó en su búsqueda por mujeres mayores a las que mataba y violaba, siendo que, a través de esas violaciones, violaba simbólicamente a su propia madre (esto se desprende de confesiones suyas); por último y no menos sorprendente, en el caso de Henry Lee Lucas vemos a un chico que era vestido de niña y maltratado psicológicamente por una madre que se prostituía delante de él, lo cual posteriormente desembocó en que Henry, tras salir del reformatorio y discutir con su madre, terminase no solo matándola sino violando su cadáver, expresando así el deseo incestuoso que le causó el ver prostituirse a su madre años atrás…

El padre

Generalmente, en las vidas de los asesinos seriales ocurre una de estas dos cosas: o bien la figura paterna está marcada por la ausencia, o bien por una presencia opresiva, autoritaria, rígida, violenta y desprovista de afecto.

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En las biografías de los asesinos seriales son dos los modelos paternos que más se repiten: el primero es  el de la figura paterna marcada por la ausencia (sea por abandono temprano del hogar, porque nunca estuvo, o porque fue distante), y el segundo el del padre con presencia opresiva, autoritaria, rígida, violenta y desprovista de afecto. Del primero tienden a surgir hijos con falta de límites; y, del segundo, hijos que han aprendido el uso de la violencia como un recurso efectivo para ejercer control sobre los demás

En el primer caso, el del padre ausente, nos encontramos con asesinos que nunca conocieron a su padre (Pedro Alonso López, por ej.), que su padre abandonó el hogar cuando eran niños o adolescentes, o que su padre se caracterizó por ser una figura distante y de poca presencia (Yoo Young-Chul). Para Ronald y Jacqueline Angel, investigadores de la Universidad de Texas, “El niño que crece sin padre presenta un riesgo mayor de enfermedad mental, de tener dificultades para controlar sus impulsos, de ser más vulnerable a la presión de sus pares y de tener problemas con la ley.” Complementariamente, las interpretaciones de diversos estudios estadísticos muestran (en cifras aproximadas) que, cuando un chico ha crecido sin padre: es 5 veces más propenso a cometer suicidio, 32 veces más propenso a huir de casa, 20 veces más propenso a tener desordenes conductuales, 14 veces más propenso a realizar actos de precocidad y abuso sexual, 9 veces más propenso a dejar los estudios, 10 veces más propenso a abusar de drogas y otras sustancias, y 20 veces más propenso a terminar en prisión…

En el segundo caso, el del padre violento y controlador, las consecuencias son terriblemente nefastas. Así, el desarrollo social y emocional se alteran, y el sujeto usualmente se aísla y prácticamente siempre se vuelve más agresivo, desconfiado y manipulador. De ese modo, el padre autoritario y violento enseña que la violencia es un recurso idóneo para conseguir lo que se desea; y, paralelamente, puede engendrar en el hijo un sentimiento de impotencia que, en los asesinos seriales, ha sido la raíz de esas fantasías de control-poder que culminan en atroces actos de asesinato y tortura. Además de eso, a nivel del desarrollo moral la figura del padre autoritario y violento es contraproducente; ya que, en lugar de conducir a una interiorización de los códigos morales, conduce a un respeto del mismo en función de la conveniencia, de modo que el sujeto tiende a frenar sus malas acciones solo para evitar las consecuencias. Pero lo peor viene cuando el sujeto desarrolla un odio hacia la autoridad y un rechazo tajante de los códigos sociales-morales que ésta representa, pues es entonces cuando el comportamiento antisocial puede surgir, sobre todo si se trata de un psicópata, ya que éste carece de los niveles de miedo que una persona normal tiene con respecto a las posibles consecuencias negativas de sus actos. Parte de lo anterior deja entrever el hecho de que, un padre violento y controlador, casi siempre origina un hijo manipulador y mentiroso; puesto que, además de aprender a controlar mediante la violencia, el hijo aprende a evitarse problemas mintiendo, ya que la mentira le fue útil para evitar ser castigado y así, en un futuro, podrá usarla no solo para evitarse males sino para conseguir la confianza y la aprobación de los demás fingiendo ser algo que no es, tal y como hicieron John Wayne Gacy y el llamado “Candy Man”… Finalmente, cabe mencionar que entre todas esas secuelas nocivas la peor es el odio, ya que éste refuerza la tendencia del individuo a justificar las malas acciones que comete inspirado en su odio; y es que, como escribió el psicólogo Alejandro Londoño Valencia: ‹‹Quien odia, se considera a sí mismo como una víctima de otro sujeto que es considerado como la encarnación misma del demonio y, por ende, encuentra la justificación perfecta para mantener el odio y para emplear la agresión como mecanismo para defenderse de quien origina sus desgracias.››. Visto a la luz de esa cita el problema parecería no ser tan grave, pero el odio suele desplazarse hacia otros individuos que, de un modo abstracto o imaginario, se asocian a quien originalmente lo motivó o, peor aún, simplemente ofrecen la posibilidad de desahogarlo…

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Muchos asesinos tuvieron padres brutales. Por ejemplo, DeSalvo tenía un padre que traía prostitutas a casa y que golpeaba brutalmente a él y a su madre, llegándole a romper dedo por dedo a ella, y llegándole a causar a él un daño permanente tras darle con un tubo metálico en la espalda… 

Los ejemplos de asesinos seriales con padres violentos y controladores son muchos, y entre esos están John Gacy (John Wayne Gacy) y Albert DeSalvo. El primero tenía un padre que, entre otras cosas, le decía frecuentemente “marica” y “fracasado”, que golpeaba a su madre, bebía en exceso y hasta llegó a matarle de un tiro a su perrito solo para castigarlo. Por su parte, DeSalvo tenía un padre que traía prostitutas a casa y que golpeaba brutalmente a él y a su madre, llegándole a romper dedo por dedo a ella, y llegándole a causar a él un daño permanente tras darle con un tubo metálico en la espalda…

La adopción

La adopción representa necesariamente la ausencia de los padres biológicos, pero no la ausencia de una figura materna y de una figura paterna en tanto personajes del desarrollo psicológico caracterizados no por un vínculo genético sino por un tipo de vínculo relacional asociado a un rol particular. Pese a eso, la adopción puede generar crisis de identidad que, si bien casi nunca desempeñan un papel crucial en la motivación del asesino, en ciertos casos sí lo pueden hacer, tal y como pasó con David Berkowitz y Ted Bundy. En el caso del primero, Berkowitz era un individuo que había sufrido el rechazo social, sobre todo el de las mujeres… Así, cuando a sus 14 años perdió (porque murió) a su madre adoptiva, el resentimiento que tenía hacia su madre biológica creció, ya que ésta lo había rechazado y dado en adopción; y esto, como es de esperarse, se tradujo en un aumento de aquella misoginia que latía en el interior de sus crímenes (él mataba a parejas que estaban juntas en sus autos, como si envidiase al hombre y odiase a la mujer). En cuanto a Ted Bundy, vemos que éste, tras enterarse a los 13 años de que era adoptado, comenzó a sufrir un trastorno en su desarrollo emocional; y esto, desde luego, fue fundamental en su encaminamiento hacia el crimen.

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El rechazo

El rechazo ha jugado un rol importante en la vida de casi todo asesino serial; venga éste de los padres, de los pares de la institución educativa, del sexo contrario, etc.

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La experiencia de ser rechazado (por los padres, los compañeros de escuela, las chicas, etc) ha jugado un rol importante en la vida de casi todo asesino serial. Estudios científicos señalan que los chicos que sufren rechazo social tienden a ser más agresivos, menos sociables, más impulsivos y ansiosos. Pero lo peor viene cuando surge el odio, tal y como le sucedió a Henry Lee Lucas, a Edmund Kemper y a otros.

En el imaginario social tiene bastante presencia la imagen del rechazado como un individuo de baja autoestima y poca predisposición a la violencia: pero la realidad, en lo que respecta al segundo punto, puede ser totalmente diferente. Así, la psicóloga Karen Bierman de la Universidad de Pensilvania, señala que los chicos que sufren rechazo muestran uno o más de estos patrones de conducta:

  1. Bajos niveles de comportamientos prosociales, como turnarse o compartir.
  2. Elevados niveles de comportamientos agresivos o disruptivos.
  3. Elevados niveles de comportamientos desatentos, inmaduros, o impulsivos.
  4. Elevados niveles de ansiedad social.

Y es que el rechazo no solo puede ser interiorizado y manifestado en forma de auto-rechazo, sino que puede volverse contra su fuente, intensificado y amenazador en su nuevo ropaje: el odio. Lo dicho se vio en el asesino serial Henry Lee Lucas, a quien rechazaban y ridiculizaban por su ojo de cristal, pero eso, según confesó el propio Henry, acabó por hacerlo odiar a todo el mundo… Otro caso, relacionado con el rechazo sufrido por parte del sexo opuesto, es el de Ed Kemper, asesino que mataba a chicas de la clase media y media-alta. Según Ed Kemper, con esto pretendía “golpear a la burguesía”, pero además la ira contra las chicas de la alta sociedad (y hasta cierto punto contra las mujeres en general) estaba detrás de eso, puesto que, en sus visitas a la universidad, Kemper era ignorado e incluso una vez le dijeron que esas chicas eran “demasiado” para él, lo cual naturalmente lastimó su orgullo y, años después, le hizo confesar lo siguiente con respecto a la importancia que tenía en sus crímenes el rechazo que él sentía por parte de las mujeres: “Cuando estaban vivas, las sabía distantes, sin ninguna comunicación conmigo, y yo intentaba establecer una relación” Y es que, y esto hay que recordarlo, Kemper sentía placer sexual al decapitar a sus víctimas femeninas y mirar sus cabezas como “trofeos”.

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La tríada fatídica

Por último, tenemos que los siguientes son tres signos de alarma que, de darse en un individuo determinado, manifiestan una elevada probabilidad de que se transforme en asesino serial.

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Hay tres conductas que, de darse en un individuo determinado, manifiestan una considerable probabilidad de que se transforme en asesino serial: la piromania, la incontinencia urinaria y la crueldad con los animales. La primera se asocia a la búsqueda de una sensación de poder derivada del deseo de destrucción, la segunda a la tensión emocional, y la tecera es realmente siniestra; pues, según dicen los científicos, el torturar a cualquier ser vivo atrofia las redes neuronales asociadas a la capacidad de sentir empatía, cosa esta que, en último término, equivale a un proceso de deshumanización…

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Crueldad con los animales

“La crueldad hacia los animales no es una válvula de escape inofensiva en un individuo sano…es una señal de alarma”, dijo una vez Allen Brantley, agente especial del FBI. Y es que el torturar animales no es solo un medio para desfogar la agresividad sino una escuela de crueldad e incluso, tal y como lo mostró Yoo Young Chul matando perros como preparación psicológica a los asesinatos que luego cometería, es una actividad ideal para acostumbrarse a la muerte y el dolor ajenos.

Según estudios, casi todos los chicos que maltratan animales han sido víctimas de maltrato físico y/o psicológico, generalmente por parte de uno o ambos progenitores, y frecuentemente también por parte de sus pares, ya sea a través del bullying o la simple marginación y rechazo social. Esto es importante porque permite entender el carácter éticamente escalofriante que subyace al fin último de la tortura ejercida sobre animales. Pero para comprender eso hay que tener presente lo que se ha hallado en estudios  científicos: así, en su libro The science of evil, Simon Baron Cohen escribe que: ‹‹Cuando tratamos de explicar los actos de la crueldad humana, no hay ningún valor científico en el término “malo” pero sí hay valor científico en el uso del término “erosión de la empatía”. La afirmación clave en mi libro es que, cuando la gente comete actos de crueldad, un circuito específico en el cerebro (“el circuito de empatía”) disminuye. Esto podría ser temporal (por ejemplo, cuando estamos estresados) o de una forma más duradera.›› Entonces tenemos que el chico, torturando animales, busca disminuir su capacidad de empatía —lógicamente, esto puede ser inconsciente y, si es consciente, no se lo ha de plantear en los términos expuestos—; pero acaso: ¿no es esa capacidad de empatía lo que lo frena de hacer daño a los demás y de exteriorizar su agresividad más allá de cierto punto? Lógicamente sí, y evidentemente esta capacidad empática ya está mermada en el psicópata, pero hay grados y grados, y la crueldad animal es un mecanismo para menoscabarla aún más. Ahora: ¿por qué alguien querría disminuir aquello que frena su violencia?, ¿qué conseguiría con no conmoverse ante el dolor ajeno? Conseguiría poder emplear más a la violencia para controlar a los demás y, en última instancia, conseguiría una capacidad mucho mayor de conseguir sus fines y deseos a expensas de un sufrimiento ajeno que, en virtud de la crueldad, ya no solamente dejará de ser fuente de malestar (como ocurre con la empatía) sino que hasta podrá constituir una fuente de placer… Llegamos así al lamentable proceso ético que casi siempre ocurre en el asesino serial que maltrata animales: primero es una víctima de la maldad y la crueldad de los otros, del mundo; y luego, fundamentalmente como forma de protección, busca extinguir su propia bondad para así adoptar una crueldad y una maldad superior a la de sus victimarios, y suficiente para dejar el sufrimiento propio de la víctima, y pasar a la complacencia perversa del victimario incapacitado para la “debilidad” de la compasión, e hiper capacitado para la supervivencia egoísta y destructiva en un mundo que se percibe como hostil y enemigo.

Lejos de pertenecer a la especulación, la explicación anterior es ilustrada en los resultados compendiados de varias investigaciones criminológicas efectuadas en U.S.A. En efecto, los datos muestran que la tortura de animales tiene elevados porcentajes de presencia en diversas categorías criminales, aumentándose a medida que se aumenta la crueldad inherente al tipo de crimen: acosadores sexuales (36%), acosadores sexuales encarcelados (46%), violadores convictos (48%) y asesinos adultos (58%).

Piromanía

En los asesinos seriales, la práctica de la piromanía aparece generalmente en la niñez y muestra esencialmente la búsqueda de un sentimiento de poder originado en la satisfacción del afán de destruir. Pero la realidad psicológica de la piromanía es aún más profunda y guarda concordancia con la realidad que suelen vivir quienes se transforman en asesinos seriales. Así, el pirómano es generalmente un joven lleno de frustraciones, problemas y desajustes emocionales, rabia acumulada, y usualmente tedio, vacío existencial, sentimientos de impotencia y deseos de protagonismo. Aunque también hay casos en que la piromanía comporta un aspecto sexual, y en ese caso evidenciaría una sexualidad sádica, y quizá algo de pirofilia. Ejemplo de esto último lo vemos en el asesino norteamericano Ottis Toole, quien incendiaba casas abandonadas y luego se masturbaba contemplándolas arder…

Incontinencia urinaria

Estudios criminológicos muestran que aproximadamente el 60% de los asesinos seriales se orinan en la cama siendo ya adolescentes. Esto suele estar asociado al estrés emocional que origina un entorno familiar y social inadecuado y lleno de conflictividad, tal y como el que les toca vivir a los asesinos seriales durante su infancia y adolescencia.

 ESTE TAL VEZ SEA EL MEJOR POST QUE HE SUBIDO A ESTA PAGINA, DISFRUTENLO Y DEJEN SU COMENTARIO, GRACIAS.

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Peter Kürten: "El Vampiro de Düsseldorf"

Peter Kürten: "El Vampiro de Düsseldorf"

 


“Yo necesito sangre de la misma manera que otros necesitan alcohol”.
Peter Kürten


Peter Kürten nació en 1883, en la ciudad de Köln-Mulheim (Alemania). Vivió una infancia sobrecargada de violencia. Sufrió toda clase de abusos en el cuarto donde vivía hacinado junto con sus padres y doce hermanos. El padre de Kürten era un brutal obrero alcohólico que con frecuencia obligaba a su esposa a desnudarse para tener relaciones sexuales frente a sus hijos; más tarde, iría a prisión por violar a su propia hija, la hermana de Kürten. Al igual que su padre, el niño Peter Kürten abusaba sexualmente de sus hermanas menores. Años después, influenciado por un vecino que trabajaba en la perrera, Kürten comenzó a practicar la zoofilia. Además era un fascinado testigo de las torturas que el vecino aplicaba a los perros.



A los nueve años de edad, Kürten empujó desde una balsa a un compañero de juegos mientras estaban a orillas del río Rhin. Otro chico saltó al agua para ayudar al primero pero Kürten los golpeó en la cabeza, provocando que ambos se ahogaran. La policía investigó, pero Kürten dijo que había sido un accidente y le creyeron. Sólo se sabría la verdad muchos años después, cuando Kürten, ya adulto, hiciera una extensa confesión ante las autoridades.



En 1895, Kürten se mudó junto con su familia a la ciudad de Düsseldorf. No había dejado la zoofilia y constantemente tenía sexo con borregos, cabras y cerdos. También se masturbaba de manera compulsiva. Se transformó en un acosador y molestaba frecuentemente a sus hermanas menores, de quienes seguía abusando, y a sus compañeras de escuela.



Escudo de Düsseldorf


A los catorce años, Peter Kürten se fugó de su casa. Vagó por caminos y pueblos cercanos, asaltando a las jóvenes que encontraba a su paso: las golpeaba, las violaba y les quitaba el poco dinero que llevaran encima. Un año después volvió a su casa y consiguió trabajo como aprendiz de moldeador, el mismo oficio de su padre, a quien odiaba. Cometió un robo en su nuevo trabajo y tuvo que salir huyendo. Dejó Düsseldorf y se estableció en Coblenza, donde conoció a una prostituta que practicaba actos de violencia y perversión; ella le enseñó muchas cosas sobre el sexo sucio. Al poco tiempo fue arrestado por robo. Permaneció en prisión hasta 1899, yéndose a vivir con otra prostituta masoquista que le doblaba la edad.



Düsseldorf a finales del siglo XIX


En noviembre de 1899, Kürten llevó con engaños a una campesina hasta el bosque Grafenberger. Le había ofrecido dinero a cambio de sexo y la chica accedió. La penetró sin mayores preámbulos y, mientras eyaculaba, comenzó a estrangularla. Los espasmos aumentaron su placer y Kürten ya no se detuvo hasta dejarla inconsciente.



A partir de 1900, Kürten fue arrestado en diversas ocasiones acusado de fraude, robo e intento de homicidio. Era un preso que se aislaba de los demás. Para 1904 fue liberado, se enroló en el ejército pero desertó casi enseguida. Había pasado meses fantaseando con un nuevo interés. Durante semanas, Kürten recorrió las granjas cercanas a Düsseldorf y se dedicó a incendiar graneros. Era un pirómano, le obsesionaba la idea de que en el interior de los sitios que encendía hubiese animales o personas que murieran abrasadas por las llamas. Kürten se quedaba horas contemplando los fuegos a una distancia prudente. Oía a los cerdos y a los caballos morir presas de la desesperación y sonreía. En ocasiones, algunos vagabundos quedaron atrapados en los graneros y Kürten vio a varios de ellos correr envueltos en llamas, u oía sus alaridos de dolor y desesperación. Mientras miraba o escuchaba la agonía de sus víctimas, se masturbaba.



Esta fiebre incendiaria duró un año. En 1905 fue sentenciado por robo a otros siete años de cárcel, lapso en que Kürten se dedicó a envenenar a otros reclusos en el hospital de la prisión. Al ser liberado en 1912, violó a una sirvienta y poco después se le vio acosando a mujeres en un restaurante local. Un mesero quiso intervenir y Kürten lo ahuyentó disparándole con una pistola. Lo arrestaron y estuvo otro año en la cárcel. En el mes de mayo de 1913, Kürten se introdujo a un bar en su ciudad natal. Los dueños del local no estaban, pero habían dejado dormida a su hija Christine KIeinde, de trece años de edad. Kürten la contempló unos minutos mientras dormía. Después buscó un cuchillo, le tapó la boca con la mano y comenzó a cortarle la garganta. La niña se desangró y Kürten, según contaría años después, disfrutó de sus espasmos agónicos. Se inclinó sobre el cuello y bebió la sangre que brotaba a borbotones de la garganta abierta. Después introdujo sus dedos en la vagina de la niña y chupó sus líquidos. Como un gesto de desafío, escribió con la sangre sus iniciales en un pañuelo antes de marcharse. Pero la suerte estaba de su lado: el padre de la niña había discutido recientemente con su hermano, quien lo amenazó con “hacerle algo que recordaría toda su vida”. El tío de Christine Kleinde fue acusado y juzgado por el asesinato de su sobrina, y finalmente absuelto por falta de evidencia. Kürten se dedicó a seguir el proceso con interés.



Kürten enloquecía cada vez más. Consiguió un hacha y se dedicó a atacar a transeúntes por las calles de Düsseldorf. Sus víctimas en esa racha sumaron veintidós personas. Experimentaba orgasmos al contemplar la sangre manando del cuerpo de sus víctimas. Luego trató de estrangular a dos mujeres. Lo capturaron y estuvo otros ocho años en prisión. Mientras se hallaba en la cárcel, estalló la Primera Guerra Mundial.



Fue liberado en 1921 y se mudó a Altenburg. A sus nuevos vecinos les contaba unas supuestas aventuras como prisionero de guerra en Rusia, cosa que era falsa por completo. En Altenburg conoció a su futura esposa, una ex prostituta recién liberada de la cárcel, donde había ingresado por dispararle a su novio. La joven rechazó su propuesta de matrimonio, pero accedió a la boda cuando Kürten la amenazó con matarla. La mujer hizo la vista gorda ante las infidelidades de Kürten y su afición por el delito. Kürten no la maltrataba; se limitaba a ignorarla y utilizarla como sirvienta. Ni siquiera sostenía relaciones sexuales con ella.



En 1925, Kürten regresó a Düsseldorf; años después contaría que la tarde de su llegada, se había deleitado con una puesta de sol rojiza como la sangre. En palabras del escritor Rafael Aviña: “Ha llegado el momento acariciado largo tiempo: la hora del vampiro. Un verdadero vampiro humano que asolará las calles de Düsseldorf”. Se instaló y de inmediato recomenzó su frenesí asesino. Asaltaba mujeres en la calle, las golpeaba y las violaba en callejones oscuros; incendió más granjas y graneros e incluso dos casas de la ciudad; e intentó estrangular a cinco jovencitas, a quienes dejó inconscientes y heridas.



El 3 de febrero atacó con unas tijeras a una obesa mujer apellidada Kuhn; le causó veinticuatro heridas, muchas de ellas en la cabeza, y la dejó moribunda en la calle, no sin antes beber su sangre. La víctima sobrevivió de milagro a ese ataque brutal y describió a su atacante como “un vampiro”. La gente bautizó entonces a Kürten con el apelativo que pasaría a la historia: “El Vampiro de Düsseldorf”.



El 13 de febrero, Kürten acuchilló a Rudolf Scheer, un mecánico ebrio: veinte puñaladas en la cabeza y el cuello le ocasionaron la muerte y Kürten también bebió la sangre de su víctima.



Rudolf Scheer


El 9 de marzo, Rase Ohliger fue encontrada en una construcción en Düsseldorf: había sido violada, acuchillada en trece ocasiones, habían bebido su sangre y el cadáver presentaba rastros de quemaduras con parafina. Su cabeza presentaba profundos cortes. Comparando los pocos indicios, los detectives asignados al caso encontraron que estas tres últimas víctimas habían sido marcadas por heridas punzocortantes en las sienes.



Rase Ohliger


En abril la policía detuvo a un hombre, trastornado de sus facultades mentales, que estaba de paso por la ciudad. Había agredido a mujeres del lugar, pero las autoridades no encontraron evidencia que lo relacionara con los homicidios y fue enviado a un asilo. Entonces Kürten cambió de táctica e intentó estrangular y violar a cuatro mujeres.



La gente lee un anuncio sobre los últimos ataques de Kürten


El 29 de agosto, Kürten enloqueció por completo. Por la mañana estranguló y arrojó al río a una adolescente llamada Anni. Casi enseguida hizo lo mismo con Christine Heerstrase. Excitado y sediento de sangre, más tarde estranguló y apuñaló a María Hahn, a quien enterró a las orillas del Rhin. Después asesinó a dos niños de cinco y catorce años, cortándoles la garganta, y finalizó apuñalando a otras tres víctimas, que milagrosamente quedaron vivas.



Maria Hahn


Al otro día, el 30 de agosto, Kürten regresó al sitio donde enterró a Maria Hahn. Escarbó la tierra hasta sacar el cadáver, ya con los primeros signos de putrefacción. Kürten violó el cadáver putrefacto, cubierto de lodo y sangre seca, mientras besaba y mordisqueaba los labios de la muerta. En un acto extraño, intentó crucificarla contra el tronco de un árbol para que la hallaran pronto, pero no lo consiguió, así que la enterró en otro sitio cercano.



Frau Meurer, sobreviviente


Ese mismo día atacó a otra chica, Gertrude Schulte, quien se dirigía a la feria de Neuss. Kürten la abordó diciéndole obscenidades; le espetó que quería tener sexo con ella y Schulte respondió con una frase fatal: “¡Prefiero morirme!” "Bien. Entonces, muere", contestó Kürten, y la acuchilló repetidament antes de escapar. Pero Gertrude sobrevivió al ataque y dio a la policía una completa descripción de su agresor.



El departamento de Kürten


Sin embargo, la policía de Düsseldorf no creía que un solo individuo fuera el autor de aquella carnicería. En septiembre, Kürten trató de estrangular a tres mujeres más. A una la arrojó al río, pero todas sobrevivieron. Otras no tuvieron tanta suerte: Ida Reutler murió cuando Kürten le destrozó el cráneo a martillazos antes de beber su sangre. 



Ida Reutler


Lo mismo hizo con Elizabeth Dorrier, asesinada en Grafenbery el 12 de octubre. El 25 de octubre, golpeó a martillazos a dos mujeres más en ataques separados; las dos sobrevivieron.



Elizabeth Dorrier


El 7 de noviembre, Gertrude Alberman, de cinco años de edad, fue reportada como desaparecida en Düsseldorf. Dos días después hallaron su cadáver, luego de que Peter Kürten enviara a un periódico local la ubicación del sitio exacto donde lo había dejado; fue estrangulada y acuchillada treinta y seis veces. Kürten bebió su sangre y la violó post mortem. Cuando la policía rodeó la zona, entre los curiosos que acudieron a presenciar el hecho estuvo el mismo Kürten, quien declaró sentirse excitado al estar allí. Siguiendo los datos proporcionados por la carta de Kürten al periódico, la policía también desenterró los restos de María Hahn, igualmente violada después de muerta.



Gertrude Alberman


En los cinco meses siguientes, el frenesí de Kürten disminuyó. Aunque intentó estrangular, violar y acuchillar a diez chicas, falló en todos los intentos. Enloquecido, le contó todos sus crímenes a su mujer, quien lo denunció a la policía ese mismo día. Kürten fue arrestado otra vez a finales de mayo de 1930. Antes de su detención, la policía había interrogado a nueve mil personas, seguido tres mil pistas, e incluso había consultado a médiums.



Ya con Kürten detenido y confeso, seguían negándose a creer que los crímenes eran sólo obra suya. El juicio de Kürten dio inicio el 13 de abril de 1931 y finalizó ocho días después. Al jurado le llevó tan sólo noventa minutos condenarlo por nueve cargos de asesinato, aunque según Kürten fue responsable de 79 asaltos y por lo menos trece asesinatos.



Peter Kürten durante el juicio


Entre los que asistieron al juicio se encontraba un artista: el cineasta Fritz Lang, quien había escrito el guión de lo que sería su película M, el vampiro de Düsseldorf. Kürten reveló que bebía la sangre de sus víctimas porque padecía hematodipsia, una extraña enfermedad mental. El jurado rechazó el alegato. El psiquiatra Karl Berg lo describió como "el rey de los pervertidos sexuales" y publicó un libro basado en el caso, titulado Der Sadist.



Ilustración de Rocko


Kürten recibió miles de cartas, la mayoría llenas de insultos, pero otras eran de fervientes admiradores; incluso hubo mujeres que deseaban estar con él. Otros le enviaban ejemplares del libro sobre su caso para que los firmara.



Fechas clave (click en la imagen para ampliar)


Kürten fue sentenciado a muerte por decapitación. Tras enterarse, le confió al psiquiatra Karl Berg que su más grande ilusión sería “escuchar el torrente de mi propia sangre correr por mi cuello, partido en dos”.



Karl Berg (click en la imagen para ampliar)


En su libro Asesinos seriales. Grandes crímenes de la nota roja a la pantalla grande, Rafael Aviña narra las últimas horas de Peter Kürten:

“Kürten fija su vista en las rejas de su celda. Las sabe fuertes al igual que su obsesión por la sangre, y en ese instante extraña los gritos de sus víctimas, sus cuellos tasajeados por tijeras, o sus cráneos despedazados a golpes de martillo; sin embargo, a mitad de esa, su última cena, lo que más parece añorar es el espectáculo del fuego. Llamas imponentes, cálidas y amarillas que arrasaban con graneros, pajas de heno y sobre todo, con algunos vagabundos que creían encontrar ahí un refugio seguro. Cómo olvidarlo.



Las víctimas (click en la imagen para ampliar)


“Una emoción distante y entrañable recorre su cuerpo y Kürten piensa en los alaridos de aquel hombre envuelto en llamas, que años atrás le había causado una extraña sensación de placer. La visión de esa carne encendida y brillante consiguió que su corazón latiera más rápido, e incluso esa imagen aterradora le había provocado un potente orgasmo, ahí, de pie, frente a esas cálidas llamaradas que en unos cuantos minutos acabaron con habitaciones, hectáreas de terrenos, piel y órganos humanos.



“Kürten evoca esos momentos mientras se lleva a la boca una servilleta impecablemente blanca y bebe un sorbo del vino blanco que ha pedido para acompañar su salchichón con papas fritas. Es su último deseo, concedido a unas cuantas horas de probar el filo de la guillotina sobre su cuello. Piensa en la última cena de Cristo, la compara con la suya y sonríe con malicia, con esa misma sonrisa cínica y siniestra que mostró a niños y jovencitas minutos antes de mordisquear sus cuellos o sus genitales…”



Rafael Aviña cuenta sobre la cinta de Fritz Lang: inaugura el tema del asesino serial en el cine tomado de hechos verídicos, a pesar de la insistencia del propio Lang acerca de que Kürten no fue su modelo y de que el guión estaba preparado antes de su detención. Varios allegados al régimen nacionalsocialista vieron en el título de esa historia (bautizada originalmente como El asesino está entre nosotros), una especie de mala propaganda, y más concretamente una traición y una injuria. Cuenta George Sadoul en su Historia del cine mundial que el productor del filme recibió a un emisario del partido nazi, quien tenía asegurados once millones de votantes para el Führer. Le hizo saber que la película sería boicoteada si se presentaba con ese título injurioso para los alemanes, quienes desconocían por supuesto el tema de la historia. Lang y su productor acceden y el filme se convierte en un éxito taquillero, tanto que el propio Josef Goebbels, director de propaganda de Hitler, le propone a Lang que se haga cargo de la Dirección de la Industria Fílmica nazi. El cineasta se rehúsa y decide emprender el camino del exilio en 1933, primero en Francia y más tarde en Estados Unidos, hasta su tardío regreso a Alemania en 1958. El propio Lang relata que, al ser citado por Goebbels, éste le dijo respecto a M, el Vampiro de Düsseldorf: ‘Hemos confiscado su película. No nos gustaba el final. Que el criminal se vuelva loco no es suficiente castigo, debe ser destruido por el pueblo’. Y también le comentó: ‘El Führer ha visto Metrópolis y ha decidido: éste es el hombre que nos dará la película nazi’”.



Una canción infantil es el inicio de la película rodada por Fritz Lang para inmortalizar dentro del expresionismo alemán los crímenes de Kürten. Es la historia de un maniático, un hombre enfermo que asesina niños, incapaz de detener sus deseos sangrientos. Dos directores, Joseph Losey en 1951 y Robert Hossein en 1964, harían remakes de la película de Lang, con resultados mediocres.



Peter Lorre en M, el Vampiro de Düsseldorf


En la madrugada del 2 de julio de 1931, la cabeza de Kürten rodó por las baldosas de la prisión de Klingelputz. Con ello iniciaba una leyenda terrible que perduraría por décadas. La historia de Peter Kürten, como la entendió el propio Fritz Lang, se convirtió en una oscura alegoría del ascenso de Hitler y el nazismo. Serían hombres como Kürten, curtidos en la violencia familiar y atormentados por los traumas infantiles, los encargados de administrar, en los años venideros, los campos de concentración nazis, esas inmensas fábricas de cadáveres.



La tumba de Peter Kürten

 

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Jesse Pomeroy

Jesse Pomeroy: "El Sádico Bribón"

 


"Soy un niño con la adrenalina congelada.
Soy un niño aburrido con una nueve milímetros de agua.
Soy un niño asesino en serie de amigos imaginarios.
Soy un niño con el sueño prófugo.
Soy un niño suicida al borde del carrusel en movimiento.
Soy un niño esquizoide caminando por la zona roja"
.
Cadáver Muerto


Uno de los primeros casos conocidos acerca de niños asesinos es el del estadounidense Jesse Harding Pomeroy, nacido el 29 de noviembre de 1859 en el pueblo de Charleston, Massachusetts. Fue el segundo hijo de Thomas y Ruthann Pomeroy, personas que vivían en la medianía económica de ese entonces. Se dice que el padre de familia era un alcohólico que cometía abuso sexuales. Por cualquier motivo que lo enfureciera, llevaba a sus hijos a una cabaña donde los desnudaba y aporreaba hasta aplacarse. De estas palizas Jesse no asimiló la idea de la buena conducta, sino una forma pervertida del placer y la diversión. De acuerdo a los relatos de la época, la apariencia de Pomeroy inspiraba miedo. Él mismo estaba conciente de que era un sujeto diferente. Su cuerpo era muy grande para su edad, así como su cabeza, orejas y rasgos faciales eran poco favorecedores. Su ojo derecho carecía de iris y pupila, confiriéndole un aspecto aterrador. Se dice que ni su propio padre podía mirarlo sin experimentar un escalofrío. A causa de ser tan diferente, Pomeroy era un sujeto retraído y solitario. Nadie lo recordaba sonriendo, pero sí por los extraños ataques nerviosos que de vez en cuando lo atacaban. Durante su niñez fue pasto de los niños abusadores de su barrio. En casa de la familia Pomeroy no podía haber mascotas. De forma inesperada, aparecían muertos. Una vez, los canarios de la señora Pomeroy aparecieron con las cabezas arrancadas y después de que descubriera a Jesse torturando al gato de los vecinos, se decidió que no entrarían más animales al domicilio. En una suerte de lenta pero trágica evolución, Pomeroy decidió irse contra nuevas presas, eligiéndolas de acuerdo a su edad: niños más pequeños que él. El primero fue William Paine, quien fue hallado un día de diciembre de 1871 por dos hombres que caminaban por una calle solitaria. Habían escuchado un llanto apagado, y al acercarse a una pequeña cabaña pudieron escucharlo con mayor claridad y al entrar quedaron sorprendidos al ver al pequeño niño de cuatro años colgando de las manos, que estaban atadas con una cuerda suspendida del techo del lugar. Su espalda estaba cubierta de laceraciones. No pudo denunciar a su atacante.



Ruthan Pomeroy, madre del criminal


El siguiente fue Tracy Hayden, de siete años, quien en febrero de 1872 fue engañado por Pomeroy para llevarlo a un lugar apartado con la promesa de ir a ver a los soldados. Una vez apartados de cualquier distracción, procedió a amarrarlo y a torturarlo con la misma furia que había aplicado al pequeño Paine. Del ataque, Hayden resultó con los ojos morados, los dientes frontales partidos, la nariz rota y el torso cubierto de heridas y verdugones. Tras este episodio la policía solo pudo enterarse que el atacante era un muchachito de cabello castaño. A mediados de abril de 1872, Pomeroy prometió llevar al circo a un niño de ocho años, Robert Maier, y después de caminar hasta sus apartados dominios lo sometió como acostumbraba con sus víctimas. Lo desnudó casi por completo y mientras lo golpeaba con una vara lo obligaba a maldecir. Maier reportó que mientras Pomeroy lo vapuleaba, se masturbaba disfrutando el dolor que le provocaba. Al terminar lo soltó y le juró que lo mataría si lo delataba con alguien. Después huyó del lugar. La policía comenzó a actuar interrogando a numerosos adolescentes de cabello castaño. Los medios comenzaron a mostrarse nerviosos y los padres advertían fervientemente a sus hijos no hablar con extraños en la calle. Por alguna razón desconocida, la descripción del sádico bribón derivó en la de un adolescente de barba y pelirrojo. Mientras tanto, el lampiño y castaño Jesse Pomeroy escapaba con comodidad de la búsqueda policial. El siguiente golpe, a mediados de julio, fue contra un niño desconocido de siete años de edad, a quien le fue propinado el mismo tratamiento que a los demás: una feroz paliza hasta que Pomeroy alcanzó el orgasmo. Esta vez la policía ofreció una recompensa de $500 dólares a quien ayudara en la captura de "El Sádico Bribón", como fue llamado desde entonces el adolescente que atormentaba a los niños de Boston. En ese momento, Ruth Pomeroy decidió que su familia se mudara al sur de Boston. Se especula que sospechaba acerca de la posible responsabilidad de su hijo en los recientes ataques a infantes. Sin embargo, la madre de Jesse siempre permaneció fiel a su hijo, y negaría las imputaciones formuladas contra él.



George Pratt andaba en las calles cuando fue abordado por Pomeroy y con la promesa de recompensarlo con dinero a cambio de un mandado, lo condujo a un lugar solitario donde comenzó su ataque. Después de atarlo y desnudarlo, lo aporreó sin misericordia con un cinturón. Esta vez elevó el nivel de sus atrocidades, mordiéndole la mejilla y arañándolo profundamente en la piel. Varias veces le enterró una larga aguja en diversas partes del cuerpo. Intentó inclusive clavársela en un ojo, pero Pratt logró colocarse en posición fetal antes que Pomeroy lograra su objetivo. Frustrado, le dio un tremendo mordisco en una nalga y después huyó. El siguiente desventurado fue el niño de seis años, Harry Austin. Aparte de la usual paliza, esta vez empleó su navaja de bolsillo para apuñalar en brazos y hombros a su víctima. Se disponía a rebanarle el pene cuando fue interrumpido por la cercanía de unas personas. Pocos días después, atacó al niño Joseph Kennedy, a quien a la vez que aporreaba lo obligaba a proferir oraciones religiosas plagadas de obscenidades. A Kennedy le provocó una fuerte cortada en la cara con su cuchillo y luego lo llevó a la orilla del mar para echarle agua salada en las heridas. Robert Gould, de cinco años, fue el siguiente en caer engañado por Pomeroy cerca de una estación de trenes. Cuando amenazaba al chico con la punta de su navaja en el cuello, Pomeroy se dio cuenta que era observado por unos ferrocarrileros y tuvo que huir. Para fortuna de la policía, Gould aportó pistas más concretas, como que su atacante era un joven adolescente de cabellos castaños y un ojo totalmente blanco. A finales de 1872, la policía efectuaba visitas a las escuelas del sistema público de Boston con la esperanza de capturarlo. Un día de septiembre visitaron la escuela de Pomeroy, pero el joven Kennedy no podía identificar entre los alumnos a su atacante. El mismo día en que la policía había visitado su salón, Pomeroy, al regresar a su casa, decidió darse una vuelta por la estación policial y al pasar tan cerca, fue súbitamente identificado por Kennedy, quien continuaba con sus declaraciones. Inmediatamente fue puesto bajo arresto. A pesar del intenso y severo interrogatorio, Pomeroy se mantuvo tranquilo clamando su inocencia en todo momento. Pero cuando lo despertaron a la medianoche en la celda donde había sido confinado con la amenaza de ser encarcelado por cien años, Jesse Pomeroy se dio por vencido. Al día siguiente fue llevado para que todas sus víctimas lo identificaran. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, solo atino a decir: "no pude evitarlo". La sentencia fue el ingreso a un reformatorio juvenil hasta que cumpliera dieciocho años. El reformatorio juvenil Westborough se convirtió en el siguiente hogar de Jesse Pomeroy. Vivió la mayor parte del tiempo en soledad. La dura rutina consistía en trabajos forzados y clases obligatorias diarias.



Mientras Jesse purgaba condena, su madre hacía campaña por la liberación y exoneración de su hijo enviando cartas a las autoridades y a quien estuviera dispuesto a escuchar su punto de vista. Como un interno modelo, Pomeroy evadió eficientemente los castigos y las reprimendas. Tras quince meses de encierro, el comité de libertad condicional aprobó su salida.



El Reformatorio de Westborough


Los Pomeroy prometieron esmerarse en la vigilancia de su hijo. Pero no pasaron ni dos meses en libertad cuando Pomeroy atacó cuando la oportunidad se presentó a la puerta de la tienda de su mama. El 18 de marzo de 1874, Jesse efectuaba la limpieza y platicaba con un empleado de apellido Kohr, de la misma edad que Pomeroy, cuando llegó la niña Katie Curran a preguntar por un cuaderno de notas. Katie explicó que tenía un nuevo profesor y deseaba un cuaderno nuevo. La primera tienda que había visitado no tenía ya la mercancía solicitada. Pomeroy urdió una treta para tener a la niña: dijo que quedaba un cuaderno, pero manchado de tinta y que había que buscarlo dentro de la tienda. Mandó al ayudante Kohr con el carnicero. La niña siguió a Pomeroy a unas escaleras que daban al sótano en el edificio, confiada. Fue sometida velozmente por Pomeroy quien con su navaja de bolsillo la degolló brutalmente. Después de asesinar a la pequeña Katie, Pomeroy se lavó la sangre y regresó al puesto a seguir trabajando como si nada hubiera ocurrido. El cadáver permaneció donde lo había dejado sin que nadie notara nada extraño. Cuando el cuerpo fue descubierto, su avanzado estado de descomposición hizo muy difícil conocer el grado de daños que había recibido. La madre de Curran comenzó a buscarla a la hora de que la niña había salido de su casa. Su búsqueda resultó infructuosa; luego apareció un testigo que aseguró haber visto como Katie Curran había sido introducida a un vagón de tren; la policía determinó que se trataba de un secuestro y el caso quedó congelado. La sed de sangre de Pomeroy estaba lejos de terminar. Al Harry Field lo salvó que otro chico lo vio junto a Pomeroy y este se acobardó. El siguiente niño en caer en las garras de Pomeroy no tuvo la misma suerte. A Horace Millen, quien tenía solamente cuatro años, lo llevó a una pastelería por un pastelillo que se fueron comiendo ambos durante el camino a la zona pantanosa del sur de Boston. Esta vez, numerosos testigos vieron a la inusual pareja de "hermanos" caminar por las calles y fuera de la ciudad. Una mujer testificó acerca de lo extraño que lucía el chico mayor, quien irradiaba una rara felicidad y excitación mientras caminaba de la mano del niño pequeño. De acuerdo a las declaraciones de Pomeroy, cuando llevaba a Millen de la mano hacia un lugar apartado casi no podía controlar sus impulsos y supo desde el primer momento que quería asesinarlo. Además quería estar seguro que nadie lo interrumpiera y por eso caminaron largo rato hasta llegar a un paraje arenoso, donde se sentaron a descansar. Con su cuchillo de bolsillo, Pomeroy descargó un furioso ataque a la garganta del niño. Al parecer, y pese a su corta edad, Millen peleó por su vida. De acuerdo al reporte del forense, había numerosas heridas de las llamadas defensivas en brazos y manos. Se contaron hasta dieciocho heridas en el tórax y lo más impactante fue ver como las uñas de las manos estaban firmemente incrustadas en las palmas como evidencia de la agonía y atroz muerte experimentada por el niño. Cuando su cadáver fue lavado, apareció su ojo apuñalado también, así como heridas profundas en el escroto, lo cual indicaba el intento de emascular al niño. Unos niños que jugaban en la playa descubrieron el cuerpo y de inmediato avisaron a unos hombres que cazaban patos en las cercanías. Para ese entonces, la familia de Horace ya lo buscaba por todos lados y su padre había reportado la desaparición a la policía. De inmediato, las sospechas recayeron sobre Pomeroy. Lo buscaron en su casa y a pesar de las airadas protestas de su madre, el chico fue arrestado.



El cadáver de Horace Millen


Tras la detención de Pomeroy, la señora Ruthann vio quebrar su tienda de ropa. Nadie se acercaba a su comercio a no ser para ver donde trabajaba el asesino. Mientras ella caía en desgracia, sus competidores ampliaban sus negocios. Uno de ellos le ofreció comprar su local y ella vendió. Cuando los trabajadores fueron a hacer las remodelaciones y adecuaciones, encontraron en el sótano el cadáver putrefacto de Katie Curran. No hubo una sola duda acerca de la culpabilidad de Pomeroy en la muerte de la niña, quien aceptó los cargos.



Ilustración sobre Katie Curran


La pena impuesta a los asesinos en el estado de Massachusetts era la horca. La defensa de Pomeroy se concentró en el crucial debate acerca de su locura. Pero quedó definitivamente establecido que Pomeroy conocía y admitía que sus actos estaban mal, por lo que la batalla legal fue perdida. Jesse Pomeroy fue sentenciado a la horca; sin embargo, ningún gobernador se atrevió a firmar la sentencia. Era muy difícil para las autoridades ejecutar a un chico de catorce años. No había precedentes en la historia penal de la nación. Finalmente, el gobernador Alexander Rice tomó una decisión, tras escuchar el veredicto de un panel de asesores, quienes recomendaban la ejecución como solución final a este molesto asunto público. Rice aceptó que el castigo debía ser ejemplar, pero no la pena capital. Sin publicitar su decisión, impuso la cadena perpetua para Pomeroy, misma que debía ser cumplida en solitario. Durante su encarcelamiento, la única persona en visitar a Jesse Pomeroy fue su madre. Lo hizo mes tras mes, hasta que ella murió y nadie más fue a visitarlo de nuevo.



Jesse Pomeroy de adulto


Comía solo y se ejercitaba en un patio sin que nadie lo acompañara. Le era permitido bañarse unas cuantas veces y su celda poseía abundante material de lectura. Su mundo fue un cuarto de acero y concreto, en el cual permaneció durante cuarenta años.



En ese tiempo estudió varios idiomas, pero jamás tuvo la oportunidad de practicar ninguna. Una vez trató de escapar: escarbó la pared hasta llegar a la tubería del gas tratando de volar la puerta de su celda.



En 1917, su castigo fue atenuado y se le permitió integrarse a la población general de la prisión. A veces resurgía su nombre en periódicos y de vez en cuando algún reportero preguntaba sobre su actual condición. Cuando fue puesto con los demás, disfrutaba saberse aún célebre por las atrocidades cometidas cuatro décadas antes.



En 1929 fue removido de Charlestown para llevarlo a un hospicio de la policía, donde pasó los dos últimos años de su vida, plagado de enfermedades y en franca agonía.



Su deseo final fue ser cremado y que sus cenizas fueran esparcidas a los cuatro vientos. Muchos dicen que no se cumplió su voluntad y que su cuerpo yace en la tumba de la familia.



Jesse Pomeroy murió sin sentirse culpable: jamás mostró remordimiento alguno por sus víctimas.



La tumba de la familia Pomeroy

 

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LA DALIA NEGRA

Elizabeth Short: "La Dalia Negra"

 


"La Dalia Negra era una figura envidiable. La sensual presencia de la víctima, la sordidez de sus relaciones, el color de sus bragas, la grisura de su realidad y el sadismo de su ejecución provocaron una fascinación que aún persiste".
Rafael Aviña



Elizabeth "Beth" Short nació en Massachussets el 29 de julio de 1924. Cuando era niña, su madre desapareció. La relación de Elizabeth con su padre fue siempre tirante.



Elizabeth Short cuando niña



Estuvo comprometida en dos ocasiones con militares, los cuales murieron trágicamente. Todo ello la deprimió.



Matt Gordon, uno de los malogrados prometidos de Elizabeth Short


A los diecinueve años se marchó de su casa y se dirigió, haciendo autostop, a Santa Bárbara (California). La policía la arrestó cuando se encontraba alcoholizada en un bar, en compañía de varios marineros, y la regresó a casa de su padre.



El arresto de Elizabeth Short



Pero Beth Short estaba decidida a irse de nuevo, esta vez con rumbo a Hollywood, para convertirse en una estrella.



Su maduración fue muy rápida; Elizabeth era una mujer muy hermosa. Blanquísima, tenía un cuerpo escultural, unos enormes ojos verdes y un cabello ensortijado de color azabache.



Su cabello, así como su costumbre de usar siempre vestidos negros y provocativa ropa interior oscura, le valieron el sobrenombre con el cual pasaría a la historia: la Dalia Negra (The Black Dahlia), haciéndose eco de una película famosa por entonces, La Dalia Azul. Y, sin saberlo, su muerte la convertiría en un apasionante personaje en los anales del crimen.



Su llegada a la Meca del Cine no fue como ella esperaba. Incapaz de conseguir algún papel, terminó relacionándose con varios personajes sórdidos. Encontró en el alcohol un refugio y pronto comenzó a prostituirse.





Se reunía además con varias lesbianas, ya que era bisexual. Así la conoció Robert "Red" Manley, un joven pelirrojo recién casado que se convirtió en su confidente, amigo y amante.



Robert "Red" Manley y su esposa Harriet



Fue Manley quien la llevó de Pacific Beach a Los Ángeles la noche del 8 de enero de 1947. La Dalia Negra se dedicó a recorrer algunos bares angelinos.



"Red" Manley y la Dalia Negra



Fue vista con vida por última vez la madrugada del 9 de enero en el Hotel Biltmore, donde estaba hospedada. Al salir, dijo que "iba a conocer a un caballero". Se fue del hotel para nunca regresar.



Sus últimos días de vida constituyen un misterio reconstruido fragmentariamente. El asesino la capturó, la llevó a algún lugar apartado y allí comenzó a torturarla. Primero la amordazó y desnudó completamente; luego la amarró de las muñecas y los tobillos con una cuerda, y la colgó de cabeza, suspendida del techo.



Así colgada, la golpeó a puñetazos en repetidas ocasiones en todo el cuerpo. Después le quitó la mordaza y procedió a cortarle con un cuchillo los músculos risorios del rostro, para mantenerla sonriendo grotescamente mientras duraba el brutal martirio.



El asesino se dedicó entonces a aplicarle cigarrillos encendidos en los pechos, tras lo cual seccionó un pezón. Le hizo además incisiones con una navaja en varias partes del cuerpo. Con el mismo instrumento, grabó en uno de sus muslos las letras mayúsculas "BD", iniciales de "Black Dahlia".



Le arrancó pedazos del muslo y se los introdujo en el ano y la vagina. El examen de su estómago indicaba que la obligó a comer excremento. Finalmente, la partió en dos a nivel de la cintura. Su tormento duró varios días y todo el tiempo estuvo consciente. 



Su cadáver fue hallado el 15 de enero en el distrito de Crenshaw, al lado de la carretera, por un niño y su madre.



Betty Bersinger, descubridora del cuerpo


Mucha gente había visto el cuerpo pero, dado su estado, supusieron que se trataba de un maniquí. Impactaba la macabra sonrisa dibujada a cuchillo de oreja a oreja, así como la colocación del cuerpo, con los brazos doblados y señalando hacia arriba. El escándalo fue mayúsculo; la saña con que aquella chica de veintidós años había sido atormentada y asesinada era un reflejo de la sociedad estadounidense de posguerra.



El hallazgo del cadáver













Los periódicos se hicieron eco y durante semanas llenaron sus planas con nuevas informaciones del caso.



La prensa se hizo eco del caso







El primer arrestado fue Robert "Red" Manley, su amigo y amante, quien el 21 de enero sorteó el detector de mentiras y sólo admitió haber pasado la noche con ella.



El arresto e interrogatorio de Robert Manley



Mientras era interrogado, una voz suave, de sexo indeterminado, llamó a la redacción del periódico Los Angeles Examiner y dio algunos detalles del crimen, que sólo el asesino podía saber. Prometió enviar algunas pruebas para comprobar su identidad.



Mapa del crimen


El 23 de enero, se encontraron el bolso y los zapatos negros de la joven. El 24, un sobre con letras recortadas de distintos periódicos llegó a la redacción delExaminer con las pruebas prometidas: el acta de nacimiento de Elizabeth Short, su tarjeta de seguridad social, una identificación, varias fotografías personales, y notas recortadas de un periódico sobre la muerte del Mayor Gordon, uno de sus prometidos.



El entierro de la Dalia Negra


También se incluía una agenda de direcciones con una hoja arrancada; la policía especuló que en esa hoja debía estar el nombre del asesino, a quien probablemente la Dalia Negra conocía muy bien.



El sobre misterioso



Llegaron dos cartas más: una donde daba más detalles del crimen y firmaba como "El Vengador de la Dalia Negra", y otra donde decía: "el asesinato de la Dalia Negra está justificado". Fue la última comunicación.



Las cartas del asesino



A partir de ese momento, la policía empezó a recibir llamadas: más de cincuenta personas diferentes, entre borrachos y dementes, confesaron ser los asesinos de la Dalia Negra. Eso seguiría por muchos años; incluso gente que aún no nacía cuando el crimen se cometió, declararía décadas después su autoría.



Falsas confesiones (click en la imagen para ampliar)


Entre las falsas confesiones estaban la del cabo Joseph Dumais, un soldado veterano que golpeaba a las mujeres cuando bebía y que terminó internado en un manicomio por su obsesión con el caso.



El cabo Joseph Dumais


Otra fue la de Daniel S. Vorhees, un mesero que llamó a la policía diciendo "Yo la maté", y a quien poco después le fue diagnosticado un trastorno psiquiátrico.



La madre y la hermana de Elizabeth Short


También John N. Andry, un médico experto en seccionar cuerpos que primero insistió en ser el asesino y luego se echó para atrás. Y una mujer que llamó a la policía para decirles: "Elizabeth Short me quitó a mi hombre, así que la maté y la corté a la mitad", y que poco después, admitió haber inventado la historia para darse notoriedad.



La correspondencia



Una amiga de la víctima incluso señaló a Orson Welles, el célebre cineasta, como posible asesino. Había violado a varias chicas que trabajaron para él o aspiraban a hacerlo, eran legendarios sus arrebatos de violencia, y padecía personalidad difásica: canalizaba la frustración creativa en agresión. Los decorados de su película La dama de Shanghai, anterior al crimen, presentan similitudes espeluznantes con el cadáver de la Dalia Negra: figuras femeninas mutiladas del mismo modo, ligaduras, un maniquí al que habían desgarrado la boca de oreja a oreja...



La Dama de Shanghai, de Orson Welles



La policía siguió varias líneas de investigación, de las cuáles ninguna prosperó. Con el tiempo, el mito creció. Los rumores decían muchas cosas: que era amiga de Marilyn Monroe; que tuvo un romance con George Knowlton, el padre de la escritora Janice Knowlton, quien escribiría, décadas después, el libro Mi papá fue el asesino de la Dalia Negra.



La reacción pública


Una de las tesis más difundidas señalaba que el asesino era una mujer, quizás alguna ex amante o una esposa celosa. Sin embargo, el caso nunca fue resuelto.



El toque femenino (click en la imagen para ampliar)


Ante esta situación, los mandos policiales optaron por crear un estado de opinión desfavorable para la víctima. Su vida, tanto la social como la íntima, fue aireada sin ningún tipo de ética. Se habló hasta la saciedad de su promiscuidad sexual, de su alcoholismo y de su tendencia casi patológica a mentir.



Ilustración de Rocko


A finales del siglo XX, un policía de Los Ángeles acusó a su padre, el médico George Hodel, de ser el asesino de Beth Short. Se basaba en el hallazgo de un álbum de su padre, que contenía fotografías que mostraban a Short desnuda; en la experiencia médica de Hodel, quien sabía perfectamente cómo dividir un cuerpo a la mitad; y en la fascinación de Hodel por el surrealismo y la fotografía. Hodel era amigo del artista Man Ray, y el cadáver de la Dalia Negra guardaba similitudes con la obra “El Minotauro”. Para el hijo de Hodel, su padre había convertido el asesinato en una retorcida expresión artística. Décadas después, el novelista James Elroy escribiría una notable obra sobre el caso, Brian de Palma adaptaría el crimen para rodar una película deficiente y el rockero Marilyn Manson pintaría un par de retratos de Beth Short.



Las pinturas de Marilyn Manson



Igual que Jack el Destripador, el "Vengador de la Dalia Negra" se convertiría en un ominoso fantasma siempre acechante en el imaginario criminalístico.



La tumba de la Dalia Negra



Placa conmemorativa sobre la muerte de Elizabeth Short

 

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LA HIENA DE QUERÉTARO

Claudia Mijangos: "La Hiena de Querétaro"

 


“Recargada en una reja que da hacia la celda del ala psiquiátrica, Claudia Mijangos está pensativa. Su mirada es fría y un tanto perdida, pero no lo suficiente como para dejar ver un aire de melancolía”.
Diario de Querétaro


Claudia Mijangos Arzac nació en Mazatlán, Sinaloa (México) en 1956. Su infancia y adolescencia fueron felices, no sufrió maltratos y tuvo sus necesidades materiales y afectivas resueltas. Estudió la Carrera de Comercio. Cuando era una jovencita, fue elegida Reina de Belleza en Mazatlán. Al morir sus padres, le dejaron una cuantiosa herencia. Poco tiempo después se casó y se trasladó a vivir a Querétaro con su esposo, Alfredo Castaños Gutiérrez, a la calle Hacienda Vegil nº 408, Colonia Jardines de la Hacienda.



Claudia Mijangos el día de su boda


Él era un empleado bancario, ocho años mayor que ella. En su nueva ciudad montó una exclusiva tienda de ropa en el Pasaje de la Llata, donde algunas de las mujeres más prominentes de Querétaro compraron sus vestidos.



La calle Hacienda Vegil


De formación católica, Claudia Mijangos fue maestra de Catecismo, Ética y Religión en el Colegio “Fray Luis de León”, donde estudiaban sus tres hijos: Claudia María, de once años; Ana Belén, de nueve; y Alfredo Antonio, de seis.



La casa de Claudia Mijangos


Pero Claudia comenzó a mostrar fuertes problemas psicológicos, a tal grado que el matrimonio pronto se volvió insostenible. Ella y su esposo se divorciaron y Claudia se quedó con la custodia de sus tres hijos. Siguió al frente de su tienda de ropa y dando sus clases de religión, pero la gente que la rodeaba pronto notó que los disturbios emocionales de aquella mujer se iban acentuando. En la escuela donde sus hijos estudiaban, daba clases un joven sacerdote, el padre Ramón. Claudia se obsesionó con él; muchos afirmaban que eran amantes, aunque otros negaban tal versión. Él y otro cura, el padre Rigoberto, hablaban constantemente con ella.



Claudia con su esposo, Alfredo Castaños Gutiérrez


Durante varios días, Claudia había escuchado voces extrañas. No quiso comentárselo a su ex esposo, pues él siempre había afirmado que “estaba loca”. El 23 de abril de 1989, Alfredo Castaños se llevó a sus hijos a una kermesse de la escuela. Cuando llevó a los niños de regreso, tuvo una fuerte discusión con Claudia. Sabía el asunto del sacerdote y además quería regresar con su ex esposa. Ella se negó; defendió sus sentimientos hacia el cura y su ex esposo, muy enojado, le dijo que “se iba a arrepentir”. Luego se fue. Claudia cerró la puerta y echó llave. Subió a darle la bendición a sus hijos y fue a acostarse.



Claudia María, la hija mayor, en una fiesta escolar


Unas horas después, el 24 de abril de 1989, aproximadamente a las 05:00 horas, cuando aún faltaba un buen rato para que amaneciera, Claudia Mijangos se despertó. Las voces en su cabeza eran tan fuertes que habían interrumpido su sueño. Le decían que Mazatlán había desaparecido y que “todo Querétaro era espíritu”. Estuvo un rato escuchándolas, tratando de decidir si eran reales o no. Después se levantó y se vistió completamente. Fue a la cocina y tomó tres cuchillos. Sus hijos aún dormían tranquilamente, pero Claudia había decidido matarlos.



El mueble donde guardaba los cuchillos


El primero en ser atacado y el primero en morir fue Alfredo Antonio, el niño más pequeño, quien fue agredido mientras dormía en su cama. Claudia Mijangos se apoyó sobre la cama del niño, lo tomó de la mano izquierda y a nivel de la articulación de la muñeca, le ocasionó la primera herida. El niño, al sentirse herido, realizó un movimiento instintivo de protección, pero su madre siguió cortando; lo hizo con tal frenesí que le amputó por completo la mano izquierda. El niño gritaba de dolor y terror. Su madre le trató de cortar entonces la mano derecha; casi consiguió arrancársela también. Después le propinó una serie de cuchilladas hasta matarlo; ya muerto, siguió hundiendo el cuchillo muchas veces más.



La recámara de Alfredo


Claudia Mijangos cambió de cuchillo; había decidido utilizar uno diferente con cada uno de sus hijos. La segunda en ser atacada fue Claudia María, de once años, quien fue apuñalada seis veces. Herida de muerte y con los pulmones perforados, la niña aún alcanzó a salir del cuarto tratando de protegerse. "¡No mamá, no mamá, no lo hagas!", gritaba. Los alaridos de dolor y desesperación fueron tan fuertes, que los vecinos se despertaron. Pero decidieron no intervenir. Claudia tomó entonces el tercer cuchillo y apuñaló en el corazón a su hija menor Ana Belén, de nueve años, quien no opuso mucha resistencia.



La recámara de las niñas


Después bajó las escaleras corriendo en busca de la agonizante Claudia María, quien se había desmayado, boca arriba, sobre el piso que dividía la sala del comedor. Volvió a apuñalarla. Luego la arrastró hacia la planta alta y colocó su cuerpo inerte en la recámara principal, junto con sus hermanos. Los apiló sobre la cama King Size como si fueran leños, uno encima del otro, y los cubrió con una colcha de color naranja con adornos blancos. Limpió dos de los cuchillos, tomó el tercero y se hizo cortes en las muñecas y en el pecho, tratando de suicidarse.



El lavabo ensangrentado


Verónica Vázquez, amiga de Claudia, llegó por la mañana. Tocó y le abrió Claudia, con la ropa empapada de sangre y la mirada extraviada. Verónica entró a la casa, pues supuso que su amiga había sido atacada. Luego vio los cadáveres. Claudia desvariaba, diciendo que los niños se habían llenado de ketchup. Verónica salió huyendo; el olor de la sangre era insoportable. Llamó a la policía de inmediato.



Las escaleras, manchadas de sangre


Cuando los agentes llegaron, ingresaron a la fuerza. El interior de la casa parecía el escenario de una película de horror. El piso de la sala y las escaleras que iban hacia la planta alta estaban manchados de sangre, al igual que el pasillo entre la recámara principal, la recámara del pequeño Alfredo, la recámara de las niñas y el baño.



La casa, la noche del crimen


A un lado de los niños estaba el cuerpo de Claudia. Su ropa también estaba manchada de sangre. Tenía los ojos entreabiertos. En la esquina de la recámara, sobre un sillón, había dos cuchillos de cocina, uno de 41 centímetros y el otro de 33 centímetros, ambos con cachas de madera en color café, limpios. Un tercer cuchillo, de 31 centímetros, se halló en la recámara de las hermanas Claudia María y Ana Belén, caído sobre la alfombra y lleno de sangre desde la junta hacia la parte media de la hoja.



El sillón con los cuchillos


Los policías pensaron que la mujer también estaba muerta, pero el comandante Adolfo Durán Aguilar le buscó el pulso en el cuello y descubrió que todavía estaba viva. Llamaron a la Cruz Roja; la trasladaron al Hospital del Seguro Social, situado en la avenida 5 de Febrero esquina con Zaragoza. "Mis niños están dormidos en la casa", declaró Claudia Mijangos cuando despertó en el hospital, ante las preguntas de la agente del Ministerio Público Investigador, Sara Feregrino Feregrino. "Yo quiero mucho a mis hijos, son niños muy buenos y no son traviesos". La asesina estaba sedada y amarrada de pies y manos. Se le tomó su primera declaración el 27 de abril de 1989 a las 11:30 horas, tres días después de que masacrara a sus tres hijos.



Los cadáveres


Luego añadió más cosas, responsabilizando del crimen al sacerdote al que supuestamente amaba: "El padre Ramón me hablaba telepáticamente, él influyó para que me divorciara, pero como mi madre era un freno moral para que me uniera a él, el padre Ramón con maleficios mató a mi madre, como me sigue trabajando mentalmente para poseerme y también mi marido quiere regresar conmigo y me trabaja mentalmente, fue tanta la presión que me descontrolé". Después, cambió su declaración y dijo que no se acordaba de nada, que la había despertado su amiga que tocaba a la puerta de su casa y que después la habían trasladado al hospital. Hablaba de sus hijos como si estuvieran vivos.



El vestido de Claudia Mijangos, empapado en sangre


Los periódicos condenaron su crimen y la bautizaron como “La Hiena de Querétaro”. Aunque en un momento su abogado defensor, Julio Esponda Ugartechea, trató de inculpar a su ex esposo en el crimen, los exámenes neurológicos determinaron que Claudia padecía un trastorno mental orgánico: epilepsia del lóbulo temporal, acompañado de una perturbación de la personalidad tipo paranoide, por lo que se suspendió el procedimiento penal ordinario y se acordó aplicar una medida de seguridad de treinta años por el triple filicidio, la pena máxima contemplada en esa época.



Claudia Mijangos en el hospital


El 23 de enero de 1992, fue trasladada del CERESO Femenil Sur de la Ciudad de México a Querétaro. Claudia Mijangos Arzac quedó recluida durante más de veinte años en el anexo psiquiátrico del Reclusorio de Tepepan. Su pelo encaneció y comenzó a utilizar anteojos. En 2007 la operaron de la glándula tiroides. Pese a los años de reclusión, nunca recibió visitas de su familia.



Los titulares



Cuando se encuentra tranquila, Claudia Mijangos comparte su celda con la francesa Florence Cassez, quien fue sentenciada en 2009 a sesenta años de prisión por el delito de secuestro. Según los testimonios de algunas enfermeras, cada vez que hay luna llena, es necesario encerrar a Claudia Mijangos en una celda especial, debido a que se torna muy agresiva. Su padecimiento es incurable y es poco probable que, si sale, pueda rehacer su vida de alguna manera.



Tras las rejas


El llamado “Cazafantasmas Mexicano”, Carlos Trejo, mostró en un programa televisivo conducido por Adal Ramones, un video con la supuesta aparición de los hijos asesinados de Claudia Mijangos y una supuesta grabación donde los espíritus de los niños gritaban “¡No, mamá!” Ella estaba viendo televisión en la prisión y le tocó ver la transmisión; tuvo una crisis nerviosa y tuvieron que sedarla. Permaneció bajo vigilancia médica por semanas.



Carlos Trejo


Nadie reclamó la propiedad donde todo ocurrió; la casa pertenece a Claudia Mijangos, quien la adquirió en 1985. Muchas versiones afirmaban que dentro de la casa se escuchaban por las noches llantos y gritos, que se veían luces y sombras en el interior de la casa y que un niño pequeño se asomaba a las ventanas. Los habitantes de las casas vecinas se organizaron entonces para exigir a las autoridades mayor seguridad. Sin embargo, las patrullas que se colocaron en las afueras del inmueble funcionaron sólo durante un corto periodo y los curiosos siguieron introduciéndose subrepticiamente a aquel lugar, ya abandonado. Con el tiempo, la casa donde ocurrió el triple asesinato fue cerrada por completo: se colocó alambre de púas, se levantó un muro y, curiosamente, no se dejó ninguna puerta.



La casa actualmente, completamente tapiada