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"El Mataindigentes" UN ASESINO TAPATIO

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"El Mataindigentes"

 


“Estaba seguro de que todos en la ciudad pensaban igual, pero el ciudadano promedio es un hipócrita que se decanta por la moral del esclavo (…) Enero es un buen mes para iniciar nuevos proyectos. Probablemente en diciembre realizó una lista de propósitos para el Año Nuevo. Dejar de fumar, hacer ejercicio, asesinar indigentes…”
Norma Lazo. Sin clemencia


Enero de 1989. La ciudad de Guadalajara, Jalisco (México) vivía un invierno frío. No existían aún los albergues públicos que se implementarían más de una década después. La crisis económica que desde siete años antes se vivía en México se reflejaba en el gran número de mendigos, niños de la calle y personas sin hogar que vagaban por las aceras de la enorme ciudad, la segunda más grande del país.



La ciudad de Guadalajara


Un hombre contemplaba aquel espectáculo con enojo. Un rencor sordo crecía en su interior; despreciaba profundamente a los indigentes, le molestaba que le pidieran monedas y que a veces lo tocaran en el brazo, exhibiendo ante él las llagas, los dientes podridos, la ropa astrosa, las costras de mugre en la piel, el cabello hirsuto y el insoportable olor de su cuerpo. La basura viviente de la urbe. Y odiaba sobre todo la actitud, que variaba entre los gemidos lastimeros y una descarada exigencia.



Una mañana tomó la decisión. Desde varios años atrás le gustaban las armas. Poseía una en especial, que consideró la más adecuada para llevar a cabo su labor, para ejecutar el trabajo de un Ángel Exterminador que limpiaría las calles de Guadalajara. Se vistió adecuadamente, con ropa negra y una gabardina del mismo color; algunos afirmarían inclusive que portaba un sombrero y que utilizaba un bastón, pues cojeaba. Tomó su pistola, una calibre 7.65 de origen italiano, la cual había dejado de fabricarse años atrás y cuyas balas eran producidas únicamente por Remington y Winchester. Una pistola de colección destinada a cumplir una misión redentora. Subió a su auto, un Volkswagen sedán, y se dirigió a iniciar su cruzada.



El arma


Su primera víctima dormía en la banqueta, acurrucado a causa del frío. El asesino apuntó con cuidado y disparó una sola vez. La bala le atravesó la cabeza al hombre, un pordiosero de alrededor de sesenta años. Luego se alejó sin prisa alguna, dejando el casquillo de la bala en el suelo, a propósito: era su firma. Había atacado en uno de los barrios bajos de Guadalajara. Cuando la policía encontró el cuerpo, no le dio mayor importancia; la muerte de un indigente, aunque hubiera sido ejecutado, a nadie le interesaba.



La primera víctima


El segundo murió días después en circunstancias similares; apareció muerto en otra banqueta, con el disparo en la cabeza y el casquillo a un lado. La policía se dio cuenta de que se trataba del mismo calibre y que además era un arma extraña, de colección. Pero rastrearla era una labor ardua. El gobierno no destinaría recursos a una investigación en la cual las víctimas eran los mendigos de la ciudad, los ciudadanos de quinta clase.



La segunda víctima


El tercer indigente fue ejecutado poco después. Moría uno cada dos semanas, en promedio. La similitud de los crímenes trascendió a la prensa, quien de inmediato publicó la sensacional noticia: un asesino en serie asolaba Guadalajara. Lo bautizaron de inmediato: “El Mataindigentes”.



Febrero y marzo trajo nuevas víctimas. El quinto asesinato se cometió en el Sector Libertad, con el disparo certero en la región occipital. Era obvio que se trataba de un tirador profesional, un policía o un militar. El sexto asesinato lo cometió a plena luz del día y en una de las calles más transitadas de Guadalajara. Algunos testigos escucharon el disparo y vieron un Volkswagen color azul que se alejaba de la escena del crimen; unos más afirmaban que el auto era blanco. Otros dieron la descripción de las ropas del hombre, aunque nadie pudo ver su rostro.



Un indigente se aleja; al fondo se ve el Volkswagen blanco


“El Mataindigentes” aceleró su ritmo; en una misma semana, ejecutó a tres pordioseros más. Los periódicos vendían más ejemplares y los noticieros locales lanzaban hipótesis sobre los acontecimientos. Psicólogos y psiquiatras opinaban sobre el perfil del asesino. La policía no tenía pistas reales, pero decían que sí, que estaban cerca de atraparlo. Entonces hubo otro ataque: un desconocido le disparó a un joven que ni siquiera parecía indigente, por la espalda, a la altura de las vértebras cervicales. La policía se lo achacó a “El Mataindigentes”, con tal de poder hallar un responsable.



La novena víctima del verdadero asesino fue un personaje célebre en los anales criminales de México. Se trataba de Vicente Hernández Alexandre, a quien se le había dado el sobrenombre de “El Raffles Mexicano”. Se trataba de un ladrón de guante blanco, de la vieja escuela, un tipo cosmopolita, un hombre de mundo que había dedicado su existencia a la alta estafa y a despojar de sus bienes a los ricos y famosos, con astucia y estilo. Hablaba varios idiomas, había viajado por todo el mundo y era un notable fotógrafo. Admirado por policías y criminales, se había vuelto un mito viviente. Sus “trabajos” eran limpios, sin armas, sin violencia, sin forzar puertas o cerraduras y sin dejar huellas. Cuando fue arrestado, los medios se disputaban las entrevistas con él. Una de sus reglas era jamás lastimar a nadie, y había cumplido ese precepto a cabalidad: sus delitos nunca cobraron una vida, ni usó la violencia.



Vicente Hernández Alexandre, “El Raffles Mexicano”


Al salir de la cárcel, se encontró al descubierto: no podía regresar a los círculos que antes frecuentaba. Fue envejeciendo solo, hasta quedar en la miseria. Cargaba un maletín roto, lleno de viejos recortes de prensa que hablaban de sus hazañas; se los mostraba a la gente en la calle y explotaba su añeja fama a cambio de unas monedas para poder comer; él, que había tenido joyas, casas, autos, hermosas mujeres y millones en cuentas bancarias. El ocho de marzo de 1989, “El Mataindigentes” encontró al famoso ladrón en un callejón, durmiendo, abrazando, como siempre, su ajado portafolio. Ni siquiera sabía de quién se trataba. Lo ejecutó como a los demás y después se marchó. Fue su último crimen. La noticia de la muerte de “El Raffles Mexicano” indignó a la prensa como no los había indignado su vejez miserable. Exigieron el esclarecimiento del caso. El escándalo llegó a los altos niveles de las esferas políticas y tuvo eco en la Ciudad de México.




Los titulares sobre “El Mataindigentes”


Quince días después, un elegante anciano de setenta y siete años de edad, que se dedicaba a hacer obras de caridad, fue ejecutado en la calle de un tiro en la espalda. La policía se lo atribuyó a “El Mataindigentes”, aunque la realidad es que no tenía nada que ver con su modus operandi. Pero el pánico se empezaba a apoderar de la ciudadanía. La policía patrullaba constantemente la zona donde habían ocurrido los asesinatos.



Comenzaron entonces los arrestos en falso. El Procurador General de Jalisco, Guillermo Reyes Robles, y el Jefe de la Policía Judicial, Héctor Córdoba Bermúdez, se lanzaron a buscar un falso culpable. Varios fueron los aprehendidos por error, entre ellos Salvador Reyes Partida, de cuarenta años de edad.



Otro fue Moisés Cabello Cabrera, de treinta y cinco años, a quien forzaron a firmar una declaración de culpabilidad, de la cual luego se retractó; y Jorge Figueroa, a quien no pudieron comprobarle nada. Cada vez anunciaban que habían capturado al multihomicida, y cada vez tenían que retractarse.



Investigaron en los hoteles de mala muerte que pululaban por allí y en uno de ellos encontraron a un empleado, que les dio pistas sobre un hombre que poseía un Volkswagen azul y se hospedaba allí. “Era un tipo extraño, en una ocasión lo sorprendí escuchando en la radio las noticias sobre ‘El Mataindigentes’. Parecía que le causaban mucha gracia, porque estaba risa y risa. Tenía mal una pierna, no caminaba bien”, afirmó ante los agentes.



Montaron guardia; siete días después, un hombre que respondía a la descripción dada por el empleado apareció por allí. Se trataba de Osvaldo Ramírez, de treinta y nueve años de edad. No tenía antecedentes penales.



Después de que lo interrogaron largo y tendido, confesó que había matado a su amante, un homosexual que deseaba abandonarlo. Pero no dijo nada sobre los otros asesinatos. La policía declaró que habían capturado al asesino y la prensa dio la noticia. La gente aceptó aquello sin problemas.



Y el asesino también lo aceptó. Al darse cuenta de que la policía le había cargado el rosario de crímenes a aquel hombre, “El Mataindigentes” decidió retirarse. Dejó de matar, sabiendo que con ello quedaba libre de culpa y la investigación sobre sus crímenes se cerraba. El hombre que estaba en la cárcel saldría tiempo después, cuando ya nadie se acordaba del hecho. Y solitario en algún lugar, “El Mataindigentes” contemplaría el arma que lo había ayudado en su misión, resignado al no haber podido terminarla, pero contento de seguir libre, con vida, y de haberse convertido en una oscura leyenda.
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